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Segunda promoción de El Bosque (Corto)
Seguimos trabajando en el corto El Bosque, basado en uno de los relatos de Días. Las grabaciones ya han terminado y estamos en la fase de montaje. Poco a poco, todo el proyecto va cobrando forma, y las horas de frío (mucho frío, de verdad), los viajes y el esfuerzo van dando resultado.
Mientras llega el producto final, aquí os dejo la segunda “promo” del corto. Espero que os guste:
El Bosque (teaser 2) from Viv&Co. on Vimeo.
Si todo va bien, y la suerte acompaña, el corto estará listo en enero, pero esto lo digo con la boca pequeña, que ya se sabe…
El desván
Una montaña de piedras, arena y madera anuncia el lugar donde, hace ya más de treinta años, se levantaba imponente aquella enorme casona en la que pasé la infancia y gran parte de mi adolescencia. En mi memoria las distancias se dibujaban más amplias, hasta el punto de que me parecía que entre la puerta que daba al jardín posterior y el árbol donde mi abuelo había construido para mí el columpio, hubieran podido edificarse tres o cuatro caseríos más como aquel. Ahora que lo vuelvo a ver, me doy cuenta de lo distorsionada que era en aquellos tiempos mi visión del mundo, y lo lejos de la realidad que vivía yo en aquel entorno tan protegido.
Es a este resquicio de lógica al que me agarro cuando vienen a mi mente los acontecimientos que sucedieron en aquella casa, y que yo mismo presencié. Pensar que todo aquello no ocurrió, que fue producto de la febril imaginación del niño que era, es el único asidero que me impide caer en la locura total. Escribo estas líneas para mí, mientras intento ordenar los pensamientos, con la vaga ilusión de concluir de aquello poco más que una viva invención pueril.
La casa tenía dos plantas, aunque la mayor parte de la vida se hacía en la inferior, quedando la superior, además de para que jugáramos nosotros, para uso de mi abuelo, donde pasaba largas noches en solitario dedicado por entero a sus más queridas actividades, la lectura y la talla de madera. El desván, así llamábamos a la planta de arriba, sin llegar a serlo, era de libre acceso para toda la familia, a excepción de un pequeño habitáculo cerrado, protegido por una pesada puerta de madera y un cerrojo cuya llave sólo mi abuelo custodiaba. Aquel, decía, era su santuario más preciado.
Por supuesto, jamás se nos franqueaba la entrada a aquella habitación y ni siquiera se nos permitía jugar cerca de la puerta. Recuerdo que la estancia estaba situada en una esquina y, según mis cálculos, debía tener forma rectangular de unos cuatro metros de largo por tres de ancho, como máximo.
Una tarde, mi hermano y yo jugábamos en el desván, y nuestro divertimento nos llevó demasiado cerca de la puerta. Recuerdo que yo quedé petrificado y me alejé rápidamente varios pasos, haciendo gestos silenciosos a mi hermano para que viniera conmigo. Él, sin embargo, decidió ignorarme, y se acercó más a la puerta, hasta el punto de apoyar su mejilla contra la madera, juntando bien la oreja al portón, con intención de escuchar algún sonido. Yo permanecí en silencio, temiendo que mi abuelo apareciera de repente y nos castigara. A mi hermano esto no parecía importarle demasiado y continuó su investigación.
Como fuera que a través de la puerta no escuchara nada, se levantó y trató de abrirla girando el pomo. La puerta no cedió. Mi hermano se volvió y me miró. Yo retrocedí otro par de pasos mientras negaba con la cabeza. Aquello no podía salir bien. Yo sabía que mi abuelo, a esas horas, se encontraba fuera cuidando el jardín, pero podía aparecer en cualquier momento, bien por casualidad, bien por intuición.
Por supuesto, mi hermano volvió a ignorarme. Soltó el pomo y sonrió lentamente, mientras con su mano derecha sacaba del bolsillo de su pantalón un pedazo de alambre retorcido que, a modo de ganzúa, debía valer para tratar de correr el pestillo. Sin duda mi hermano lo tenía todo planeado, y en aquel momento me di cuenta de que nada había sido casual. Había planificado el momento al más mínimo detalle, el juego que nos llevó hasta la puerta, el alambre…
Yo alternaba la mirada entre la puerta donde mi hermano ya intentaba forzar la cerradura y las escaleras que daban al piso inferior, a fin de poder avisar de la llegada de cualquier persona, sobre todo de mi abuelo. Escuché una palabra malsonante y después un sonido tosco, de metal contra madera. La puerta aún permanecía cerrada, aunque sin duda aquel sonido había sido el de un cerrojo abriéndose. Miré a mi hermano, que estaba a punto de abrir la puerta, y volví la mirada hacia el pasillo con la esperanza de que permaneciera vacío, como lo había estado hasta ese momento.
Escuché un clic, y supe que mi hermano había abierto la puerta. De la habitación salió un destello de luz tan brillante que iluminó por completo toda la planta superior de la casa. Aquella luz se hizo tan potente que casi era incapaz de distinguir la estancia en la que me encontraba. La claridad de la luz se iba haciendo cada vez mayor, y a duras penas distinguía los perfiles de los objetos más cercanos. Los ojos empezaron a dolerme, y la piel me escocía y me quemaba, como si una llamarada estuviera abrasando mi cuerpo. Los pulmones se llenaron de aire caliente, y había perdido por completo la capacidad de gritar. Por fin, aquella luz, aquella energía me envolvió con tal fuerza que sólo pude tirarme al suelo, encogido, protegiendo la cabeza con mis manos en un intento desesperado de evitar que aquel maldito calor, aquella terrible luz, terminara de matarme.
Y entonces, de repente, todo fue oscuridad. La oscuridad más absoluta. La nada después de la nada. Allí me encontraba yo, flotando entre materia oscura, en total ausencia de luz. El silencio era aterrador. Sentí un frío gélido que entumecía mis músculos y helaba todo mi cuerpo. No sé cuánto tiempo estuve así. Demasiado.
Por fin, el silencio se rompió, y a lo lejos comencé a escuchar voces, la mayoría conocidas. Otras no. La voces conocidas se acercaban cada vez más, a la vez que la oscuridad desaparecía. Una cálida sensación se apoderaba de mí, lenta, imparable. Estaba bien, perfecto. Abrí los ojos. Me encontraba en mi cama, rodeado de mis padres, y una enfermera. Sus rostros reflejaban alivio al verme despertar. Al fondo de la habitación, junto a la puerta, mi abuelo me miraba con dureza, callado. Sentí un escalofrío la verle, un escalofrío que duró hasta que salió de la habitación.
No recuerdo si pregunté en ese momento o simplemente me lo contaron. Desde aquella tarde nadie había vuelto a ver a mi hermano, al que daban por desaparecido. Tampoco se explicaban por qué me sumí yo en aquel extraño coma que me postró casi un mes en la cama. Viví pocos años más en aquella casa. Durante ese tiempo jamás hablé con mi abuelo de lo sucedido y nunca volví al desván.
El viejo pergamino
Ni siquiera después de la muerte su rostro perdió la expresión de locura que le había acompañado durante los últimos años. Yo mismo soy testigo de que, hasta el último momento, sus ojos no perdieron ese terrible y extraño matiz que posee la mirada de un enfermo mental. Diríase que, incluso después de tan agónico trance, su aspecto continuó siendo aterrador, hasta el punto de que ninguno del médicos que le trataban fue capaz de bajar sus párpados, y tuve que ser yo mismo el que lo hiciera.
Todos estuvieron de acuerdo en anotar como causa de la muerte un fallo sistemático general evidentemente provocado por su estado de locura, y el mal funcionamiento de sus actividades neuronales básicas. Yo, a pesar de la evidencia, nunca he dejado de creer que mi amigo no murió tras aquella larga enfermedad, sino que llevaba muerto varios años, o al menos en todo lo que a su cerebro se refiere.
Aún resuenan en mis oídos las risas de mi amigo, y recuerdo con cariño la inmensa cantidad de horas que pasamos juntos en aquellas lóbregas y oscuras bibliotecas, al alcance sólo de unos pocos, donde comenzamos nuestras investigaciones. Ambos queríamos completar el más grande de los estudios escritos hasta la fecha sobre las arcanas artes diabólicas, ritos e invocaciones a Satán, y con este fin conseguimos los fondos necesarios por parte de la universidad, que además nos ayudó a obtener los permisos necesarios para acceder a cada una de las colecciones de libros y manuscritos que, sobre esta materia, hay repartidos alrededor del mundo. El tema era apasionante, y éramos felices con nuestra investigación. Jamás hubiera imaginado que la aparición de aquel viejo pergamino iba a cambiar el rumbo de nuestra tesis.
El texto estaba escrito en un soporte curioso y por completo nuevo para mi. Era una extraña mezcla de piel, celulosa y restos de rocas limadas, unidos entre sí mediante alguna magistral fórmula que éramos incapaces de adivinar. Como tinta para la escritura, se había empleado una solución de sangre y savia, que daba al escrito un aspecto apocalíptico. El pergamino había permanecido oculto en un agujero en la pared de una cámara funeraria, en las catacumbas de un viejo templo cristiano del siglo doce. No diré aquí la población para evitar saqueos innecesarios. Dos años de investigación nos llevaron a aquel lugar que, para ser sincero, hubiera preferido no encontrar nunca.
Empleamos varios meses tratando de traducir aquellas lineas que estaban escritas en un idioma desconocido tanto para mi amigo como para mí, resultado de una curiosa mezcla de latín, griego antiguo y viejos dialectos nórdicos. Después de muchos esfuerzos, conseguimos traducir la mayoría del texto que, tal y como sospechábamos desde un principio, se trataba de un ritual de invocación satánica. La mayoría del rito no contaba nada nuevo respecto a otros textos, tanto anteriores como posteriores, que habíamos tratado hasta ese momento. Por desgracia no fuimos capaces de traducir dos de los párrafos que parecían formar una parte esencial del rito.
Después de las traducciones hicimos un merecido descanso. Llevábamos trabajando dos años casi parar, así que decidimos tomarnos un mes de vacaciones. Yo, por mi parte, pasaría aquellos treinta días en una pequeña localidad costera del norte, mientas que mi amigo se encerraría en su estudio, a fin de resolver los dos últimos párrafos de aquel viejo texto. No me parecía buena idea, y traté de disuadirle, explicándole que, probablemente, tras el descanso, completaríamos nuestro gran trabajo con mayor posibilidad de éxito. Mi amigo prefirió ignorar mis consejos y trabajar en el texto durante todo el mes.
Fue el último día de mi descanso, justo cuando yo estaba preparando mi regreso a la universidad, cuando recibí la llamada de mi amigo. Su voz sonaba alterada, y las palabras salían a trompicones a través del auricular. Traté de calmarle, y le dije que al día siguiente nos veríamos en nuestro laboratorio de la facultad, y allí hablaríamos lo que fuese necesario. Él, ignorando por completo mis palabras, seguía haciendo comentarios acerca del texto. Conseguí entender que había logrado traducirlo por completo y, antes de finalizar la llamada, comentó algo de realizar la invocación completa. Intenté sin éxito pedirle prudencia, pero evidentemente ya no me escuchaba.
Al día siguiente le esperé durante varias horas en el despacho de la universidad, pero él no se presentó. Tampoco respondió a mis llamadas telefónicas y, como viera que nadie sabía de su paradero, decidí ir directamente a su casa. Aún hoy se me revuelve el estómago cuando recuerdo la escena, el pentágono dibujado en el suelo, las paredes manchadas de sangre, y mi querido amigo encogido sobre sí mismo en un rincón del salón. Balbuceaba incomprensibles palabras en lo que a mí me parecía el mismo idioma en el que estaba escrito el viejo pergamino. Su mirada era ya la de un loco y su rostro había cambiado por completo. Mi amigo se había ido, y en su lugar sólo quedaba aquel cuerpo sin mente.
Después de ingresar a mi amigo en un hospital psiquiátrico, y cuando me hube recuperado de aquella mala experiencia, decidí volver a la casa, a recuperar el viejo pergamino, más para evitar posibles problemas que para continuar con la investigación, que a aquellas alturas yo ya daba por terminada. Imaginad mi sorpresa cuando, al abrir la caja de seguridad donde él guardaba toda la información del proyecto, y buscar entre todos los papeles, observé que no sólo había desaparecido el texto, sino que se habían eliminado de los documentos todas las referencias al mismo. Pensé que podía tratarse de un simple robo, pero la caja estaba cerrada, y la combinación sólo la conocíamos los dos. Sólo espero que aquellos textos no caigan en manos inadecuadas, si es que no lo son todas, y rezo a Dios para que guarde el alma de mi amigo con especial cuidado, sobre todo si mis sospechas fueran fundadas, y lo último que él viera antes de enloquecer fuera el rostro del mismísimo Diablo.
Sacrificio
Jamás olvidaré los acontecimientos que sucedieron durante el verano de mil novecientos cuarenta y dos en aquel pueblecito del Pirineo, en el que solía pasar la época estival junto a mis hermanos mayores y a mis abuelos. Entonces contaba yo catorce años, así que no era más que un simple adolescente, con la cabeza llena de absurdas ideas de libertad y justicia, ideas que se mezclaban con las propias de un púber. Casi se podría decir que pasaba las horas soñando, ora con ser un valiente guerrero que librara Europa del yugo nazi, ora con Magdalena, la vecina de mi edad por la que era capaz de hacer cualquier cosa. Hubiera surcado los mares en solitario, o volado hasta la luna, si ella lo hubiera pedido.
Jamás salió de mi boca una palabra que delatara mi amor por ella, lo que no impidió que Magdalena supiera por mis actos de mi estado de loco enamorado. Así somos nosotros, los hombres, casi incapaces de hablar de nuestros sentimientos, pero libros abiertos para todo aquel que se atreva a indagar en nuestras cabezas.
Pero aún no os he hablado de mi amada. Era una muchacha preciosa, de pelo rojizo y hermosos ojos azul turquesa. Su rostro bien podía ser el más atractivo que una mujer pudiera desear, y su sonrisa, franca y clara como el agua, hacía saltar el corazón en mi pecho. Sólo había dos cosas que me alejaban de su amor. Una era la edad. Magdalena contaba cuatro años más que yo, y para un joven esa edad representaba un salto insalvable. El otro inconveniente era más difícil de esquivar que el primero. Pertenecía a una secta secreta adoradora del diablo. La secta pagaba dinero a la familia de Magdalena para que ésta tuviera una buena vida, y llegara perfecta hasta el día de su muerte, planificado para aquel mismo verano. Ella era la ofrenda a Satanás de aquel grupo de acólitos. Llegado el día, la arrebatarían la vida sin ningún pudor, sin escrúpulo, sin contemplaciones. Lo más curioso de todo es que Magdalena lo sabía, y lo aceptaba como su único destino.
Estas revelaciones me las hizo sólo a mí, durante las cálidas noches de julio. El uno de agosto seré entregada, me decía, pero no se lo puedes contar a nadie. Yo asentía y escuchaba atónito sus confesiones. Ahora me doy cuenta de que confiaba en mí porque sabía de mi amor por ella. Me contaba aquello para desahogarse, para alejar los posibles terrores que seguro la acechaban. Cada noche me contaba lo mismo, y cada noche estaba más cerca el día de su sacrificio.
Yo cumplí mi palabra y, aunque sabía que debía avisar a alguien, aquel estado de enamoramiento y mi promesa de silencio me mantenían callado. La noche anterior al ritual pedí asistir, entre confuso y atemorizado. No estaba seguro de querer ir, o mejor dicho, no quería verlo, pero una extraña fuerza dentro de mí me movía hacia el rito diabólico. Por supuesto no me lo permitió.
La noche temida llegó al fin y, a pesar de no poder asistir oficialmente a la macabra celebración, me las había ingeniado para seguir a Magdalena durante todo el día, hasta dar con el lugar del vil asesinato. La oscuridad reinante, y el abrigo de los bosques pirenaicos me permitieron observar el rito desde lejos. Aún hoy, cuando pienso en aquellas imágenes, mi mano tiembla como aquella noche. Recuerdo la hermosa figura de mi amor sobre el altar, y su bello rostro adquiriendo una mortal palidez a medida que el cuchillo avanzaba profundo, centímetro a centímetro, alrededor de su cuello. Y recuerdo que su última mirada se dirigió directa hacia mí, justo antes de cerrar los ojos. Ignoro si ella sabía que yo estaba escondido entre los árboles, y desconozco si sabrá que años después yo recibí una buena cantidad de dinero por cuidar a mi hijo, que tiene ahora cinco años, hasta su sacrificio en el altar.
La esquela
No intentaré ocultar aquí un vicio que poseo desde hace muchos años, uno de esos vicios que sólo mis amigos más cercanos conocen. Me avergüenza reconocerlo, pero es necesario contarlo para entender el resto de mi historia: adoro leer las esquelas del periódico cada día.
Recuerdo que la primera vez que lo hice debía contar diez años. Mi padre, al que recuerdo como un gran hombre, culto e inteligente, solía leer la prensa durante el desayuno. Después dejaba el ejemplar del día encima de la mesita de la sala de estar. Jamás me dijo nada, pero ahora yo intuyo que en el fondo deseaba que adquiriera sus mismos hábitos. Yo aún era joven, y no comprendía la importancia de las noticias que leía, y tal vez por eso me fijaba más en lo poco que sí lograba comprender. Aquellas fúnebres palabras, aquellos textos de muerte, aquellas cortas oraciones de despedida, eso sí lo comprendía. Sabía que detrás de los nombres había una vida, o mejor dicho una muerte.
Poco a poco, aquella curiosidad infantil se convirtió en pasión. Jamás dejé de leer las esquelas, he leído todas las esquelas de cada periódico que ha caído en mis manos desde que era un chiquillo. En cierto modo comprendo a mi mujer cuando dice que parece más una obsesión que una pasión. Es posible. Tal vez tenga que ver, y ésta es una conclusión a la que he llegado hace poco, con el pánico que tengo a morir. No quiero morir. No me importa en absoluto ver la muerte en otros rostros, o en los nombres que leo en el papel, pero cuando pienso en que algún día la rotativa imprimirá mi nombre, tiemblo como un colegial.
Sin duda fue este miedo el que me provocó la crisis nerviosa cuando, por equivocación, leí mi nombre en una esquela, aquella mañana de abril. Era evidente que se trataba de un error, dado lo absurdo que resulta que uno mismo lea su propia esquela, pero aún así no pude evitar que mi frágil corazón se acelerara en demasía.
Tardé un par de horas en recuperarme, tal era mi miedo a morir. Cuando me hube repuesto del susto, no dudé ni un segundo en buscar el teléfono de la redacción del periódico que había cometido el error, con la idea de solucionarlo cuanto antes. De nuevo mi corazón volvió a latir con fuerza cuando la voz al otro lado de la línea me aseguró que no había ningún error. Según aquella voz, por desgracia, el sujeto había fallecido hacía dos días en un trágico accidente de tráfico. Esa era, al menos, la información que manejaban.
Evidentemente debía tratarse de una broma pesada, pensé. Con seguridad mi mujer tenía algo que ver en aquel asunto. Recordé que mi mujer había salido aquella mañana, y salí a la calle en su busca. Aquella pesada broma tenía que acabar. Me dirigí a casa de su hermana, que vivía dos calles más abajo, y donde las dos solían pasar las mañanas. Crucé la calle enfadado, y fue entonces cuando me topé de frente con la comitiva fúnebre. El féretro era empujado por varios amigos míos y algunos vecinos, seguido de cerca por mi esposa, que lloraba desconsolada, su hermana, y mi familia más cercana. Por detrás caminaban varios conocidos más, todos ellos con caras tristes.
Aquella broma había pasado de castaño oscuro. Repleto de ira, me paré frente al féretro, obligando a detenerse a la comitiva. Uno de mis amigos, extrañado, se adelantó y me pidió, por favor, que me apartara para que el muerto pudiera llegar al cementerio, y obtener así su merecido descanso. Fuera de mí, aseguré que allí no había ningún muerto, y que aquello debía finalizar enseguida. Como viera que nadie decía nada, y que mi exasperación iba en aumento, hasta el punto de ser casi insoportable, me dirigí al ataúd, y de una patada retiré la tapa, intentando así acabar con aquella farsa. En el silencio de la escena casi se podía escuchar el latido de mi corazón, que se aceleraba cada segundo que observaba mi cuerpo inerte, sin vida, dentro del féretro, muerto.
