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Cool mola, es guay
Decir cool es guay, es decir, que mola, o sea, es cool. Ya no se dice guay, porque guay no es cool, vamos, que no mola. Y tampoco molar mola, no es cool. Decir molar, me refiero. Es mucho mejor decir cool, que es más guay.
Tampoco es moderno decir moderno, porque no es cool, ni siquiera es lo más in. Si no es cool, no es moderno, ni actual. Por supuesto, si no es cool no mola, ni es guay. Porque aunque fuera guay, podría no molar si no fuera cool, así que, según parece, ser cool es básico para ser moderno, o cool. Pero no guay, ni molón, porque siendo guay o molón no eres cool. Incluso eres algo retro, desfasado, en fin, no eres cool.
Total, que hay que ser cool para decir cool, porque guay ya no mola, y molar no es cool.
¿Y usted es cool o guay? No me diga que no mola.
Más aventuras de Tomás Villaociosa
Aquí os dejo una nueva aventura de nuestro querido Tomas Villaociosa de la Endrina. Esta vez, nuestro héroe, frustrará un atraco como sólo él sabría hacerlo…
Este relato está especialmente dedicado a todos los que me hicisteis feliz con vuestra presencia el jueves pasado. Muchas gracias por permitirme compartir mi literatura con vosotros.
Villaociosa enamorado (segunda parte)
Las increíbles aventuras del inspector Tomás Villaociosa de la Endrina continúan apareciendo en tomasvillaociosa.com . Ayer mismo se publicó el relato “Villaociosa enamorado (segunda parte). Un corazón en mil pedazos”.
Espero que os guste, y que os continúen entreteniendo las aventuras de este personaje del que ya he hablado aquí con anterioridad.
Que ustedes lo disfruten.
Otra pequeña aventura de Tomás Villaociosa
Las aventuras de Tomas Villaociosa continúan con esta nueva entrega, que lleva por título “Villaociosa enamorado (primera parte)”.
Espero que os guste.
Enlaces:
Villaociosa enamorado (primera parte)
Las aventuras de Tomás Villaociosa de la Endrina
Extracto:
Si bien nuestro querido inspector siempre se ha debido, en cuerpo y alma, a la protección de la ciudadanía, siendo ésta su máxima aspiración en la vida, el amor ha tocado en varias ocasiones la puerta de Villaociosa, unas veces con más fortuna, otras con menos. La de hoy, es una historia de amor imposible, de anhelos inalcanzables, de desatada pasión muerta casi al punto de empezar…
Don Tomás Villaociosa de la Endrina, para servirles
Como muchos de vosotros ya sabéis, mi actividad literaria no se detiene, y poco a poco mi cabeza va generando nuevas ideas, nuevos personajes, algunos con más éxito, y otros con menos…
Durante el último año he trabajado, entre otros proyectos, en una obra de aventuras, cómica, divertida, donde los acontecimientos se desarrollan con rapidez y prima el estilo directo, el dialogo, sobre todas las cosas. Son las tan queridas aventuras de don Tomas Villaociosa de la Endrina.
Me atrevo a dirigirme a vosotros, en este rinconcito de Internet, para enseñaros parte de lo que será, espero, una nueva obra literaria que verá la luz, si el Destino no tuerce los planes, el año que viene. Entre tanto, y para ir abriendo boca, os presento a don Tomás Villaociosa de la Endrina, inspector del glorioso cuerpo de policía nacional, y excelente jugador de brisca.
Espero que os guste, y que sigáis a menudo las aventuras de tan peculiar personaje.
Enlace a la web del inspector don Tomás Villaociosa : www.tomasvillaociosa.com
La tarde que pasé en el centro de salud después de que me mordiera un tiburón blanco
Por mantener, en cierto modo, la intimidad de los personajes que conforman este relato, no emplearé sus nombres reales, ni ubicaré la acción en lugar determinado. A fin de evitar todo tipo de suspicacias, diré que los acontecimientos que procedo a relatar sucedieron en un pequeña localidad costera, pedanía de otra más grande, de cuyo nombre no quiero acordarme. Diremos también que, al tratarse de una historia coral, en la que todos los personales tienen igual importancia, no señalaré al protagonista de la misma, por no existir, ni daré más información de la necesaria. Pero no me andaré por las ramas, que no es cuestión de pulular por ahí haciendo el mono, y comenzaré con los hechos reales.
Tratábase de una calurosa tarde de verano, una de esas en las que a las cinco de la tarde el sol nos mira desde el cielo azul, encabronado por hacerle trabajar en vacaciones, y lanzando rayos calientes, jodidamente calientes, a los hombros ya achicharrados de los que sin camiseta se atreven a vagar a esas horas en una zona costera, que viene a ser una gran cantidad de autóctonos, y la totalidad de los foráneos. Especial interés me produce el hecho de que son las pálidas gentes de fuera las que, al parecer, poseen un gran poder de atracción sobre los nombrados rayitos, hasta el punto de que más parecen cangrejos venidos a más que humanos venidos a menos.
Aquella tarde, volviendo al tema que nos ocupa, había acudido yo al centro de salud de la pedanía en cuestión, a fin de obtener alguna cura para las heridas que el ataque de un tiburón blanco me había producido en el brazo izquierdo y en la pierna del mismo lado, que había quedado maltrecha a más no poder. Por suerte para mí, y por desgracia para el animalito, que a lo que se ve debía llevar tiempo sin comer, conseguí mantener el miembro entero en lo que a su longitud se refiere, a pesar de que había adelgazado varios kilos, de los que el escualo dio buena cuenta.
Allí me encontraba yo, con media pierna arrancada de cuajo, y el brazo rajado de punta a punta, esperando a que el buen doctor cantara mi nombre, y me tocara entrar en la consulta, al ser posible antes de que terminara de desangrarme. Menos mal que soy hombre previsor y de camino al centro de salud me hice con un cubo de plástico, que un buen muchacho me prestó para tal ocasión, un cubo de esos de playa para hacer castillitos de arena, en el que iba recogiendo como podía el reguero de sangre, a fin de no perderla del todo. Cada vez que el cubo se llenaba yo me lo bebía, y así, con tal astucia, aguanté sin mayor sobresalto que el que el pez de afilados dientes me había dado mientras tomaba mi merecido baño veraniego.
En condiciones normales, me comentó una de las enfermeras, mi caso sería señalado de urgente, y el doctor me atendería el primero, pero la casualidad había hecho que, a la vez que el tiburón me atacaba a mí, un hombre había sido atravesado de punta a punta por una cometa mal dirigida por un muchacho sin carnet, un pescador de la zona, en un momento de confusión había comido carne, y un valenciano había pedido paella en un chiringuito de playa. Imaginad el panorama. El viejo pescador, que había comido un filete de ternera, se retorcía de dolor en el suelo, agarrándose la tripa, mientras emitía gemidos agónicos. El valenciano había enloquecido por completo y, de cuclillas sobre una de las sillas de la sala de espera, repetía una y otra vez “lo he visto, lo he visto. Era una paella. Lo he visto…”. Por su parte, el hombre atravesado de punta a punta por la cometa luchaba frenético por no salir despedido por el aire, mientras el dueño de la cometa, un joven de unos diez años, corría tirando del hilo tratando de hacer volar el artefacto.
En esas estábamos, cada uno intentando hacer notar la gravedad de sus heridas a fin de ser atendido en primer lugar, cuando desde el otro lado de la puerta que daba acceso a la consulta médica comenzaron a escucharse una serie de lamentos y gemidos aterradores, que no desmerecían en nada de los que los enfermos de fuera, nosotros, lanzábamos a coro. Tal era la escandalera allí montada que, casi sin quererlo, y con la fenomenal batuta de una de las enfermeras, empezamos a tatarear la novena de Beethoven, como quien no quiere la cosa, a base de aullidos de dolor, y otros un poco fingidos, para qué engañarnos.
En el segundo movimiento de la obra la puerta se abrió de par en par, y el médico, pálido como la cal, salió de allí entre mareado y anonadado, patidifuso diría yo, con una mano en la boca, y otra en la cabeza. Nos miró a todos, nos dedicó una forzada sonrisa manchada de nicotina y alquitrán e hizo mutis por el foro a tal velocidad que, a mis ojos, su bata casi parecía un borrón blanco en mi retina.
Desamparados, nos miramos intentando comprender la situación. ¿Qué hacer en un caso así? Lo mío tenía fácil solución, pues podía esperar a otro día. Al fin y al cabo, el cubito de plástico para hacer castillos de arena era más que suficiente para ir tirando. Al pescador finalmente le conseguimos convencer, no sin mucho esfuerzo, de que, a pesar de haber comido carne, sus dotes como marinero no quedaban cuestionadas, ni mucho menos mermadas. Para esta labor fue muy importante la actuación de una de las enfermeras, cuyo padre había sido ballenero, y nunca había dicho que no a un buen chuletón de buey. El buen hombre pareció tranquilizarse al oír aquello.
Aún faltaban dos casos por solucionar pues, como he dicho antes, lo mío bien podía esperar. Ni las enfermeras ni yo teníamos la más remota idea de qué hacer con el hombre de Valencia. Aquello pintaba feo, muy feo. En un alarde de imaginación pregunté si, por casualidad, alguno de los presentes tenía pólvora. Como me respondieran que no, que nadie tenía a mano pólvora, decidí que con una bolsa de plástico y unas cerillas, tal vez, pudiera hacer funcionar el plan que había preparado. El asunto consistía en encender la cerilla cerca del pobre valenciano, que aún seguía subido sobre la silla, al tiempo que se hacía explotar la bolsa de plástico, que previamente se habría inflado con aire, junto a su oído. Las enfermeras parecieron entender a la primera, y pusieron el plan en funcionamiento.
El éxito fue rotundo. En cuanto sonó el “pum” de la bolsa, y la habitación se llenó con el olorcillo inconfundible de la cerilla quemada, el valenciano salió de su éxtasis al grito de “petardos , petardos, fallas, fallas”, y abandonó el edificio sin mirar atrás, y olvidando por completo sus anteriores males. Ya por la ventana vimos que continuó su carrera directo hacia su tierra, como si una voz que nosotros no podíamos escuchar le llamara a voces.
Ya sólo faltaba el hombre de la cometa, que a esas alturas sobrevolaba los asientos, y salía por la ventana. El niño no paraba de agitar la cuerda y moverse, con lo que el artefacto iba cogiendo cada vez más altura. Me hubiera gustado contaros, de verdad, que de algún modo conseguimos bajar al hombre, y que el niño dejó de dar vueltas al edificio con la cometa. Pero la vida, a veces, trae estas cosas, desgracias, para enseñarnos que no siempre se gana. Lo que ocurrió fue que una ráfaga de viento arrancó de cuajo la cuerda que mantenía a nuestro paciente atado a la tierra a través del muchacho, y la cometa se elevó sobre nuestras cabezas, como si de un globo se tratara. Por supuesto que me extrañó que así sucediera, puesto que las cometas suelen caer por su propio peso, pero aquella debió coger una corriente ascendente de aire, y allí, volando sin motor, cual aventurero sin par, se fue nuestro enfermo, ensartado de punta a punta por la cometa. Para que sirva de consuelo, cuando se encontraba a un par de centenares de metros del suelo, le oímos gritar algo así como “estoy bien, mejor que nunca. No os preocupéis” … Supongo que ahora vivirá como cualquier ave marina, comiendo peces y sintiendo en sus propias carnes la libertad que ya Ícaro apuntara en su momento.
Y esa fue, a grandes rasgos, la historia de aquella calurosa tarde de verano en una pequeña pedanía costera, en la que un enorme tiburón blanco me arrancó un buen mordisco de pierna, y poquito del brazo. Menos mal que tenía un cubo.
