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El viejo pergamino
Ni siquiera después de la muerte su rostro perdió la expresión de locura que le había acompañado durante los últimos años. Yo mismo soy testigo de que, hasta el último momento, sus ojos no perdieron ese terrible y extraño matiz que posee la mirada de un enfermo mental. Diríase que, incluso después de tan agónico trance, su aspecto continuó siendo aterrador, hasta el punto de que ninguno del médicos que le trataban fue capaz de bajar sus párpados, y tuve que ser yo mismo el que lo hiciera.
Todos estuvieron de acuerdo en anotar como causa de la muerte un fallo sistemático general evidentemente provocado por su estado de locura, y el mal funcionamiento de sus actividades neuronales básicas. Yo, a pesar de la evidencia, nunca he dejado de creer que mi amigo no murió tras aquella larga enfermedad, sino que llevaba muerto varios años, o al menos en todo lo que a su cerebro se refiere.
Aún resuenan en mis oídos las risas de mi amigo, y recuerdo con cariño la inmensa cantidad de horas que pasamos juntos en aquellas lóbregas y oscuras bibliotecas, al alcance sólo de unos pocos, donde comenzamos nuestras investigaciones. Ambos queríamos completar el más grande de los estudios escritos hasta la fecha sobre las arcanas artes diabólicas, ritos e invocaciones a Satán, y con este fin conseguimos los fondos necesarios por parte de la universidad, que además nos ayudó a obtener los permisos necesarios para acceder a cada una de las colecciones de libros y manuscritos que, sobre esta materia, hay repartidos alrededor del mundo. El tema era apasionante, y éramos felices con nuestra investigación. Jamás hubiera imaginado que la aparición de aquel viejo pergamino iba a cambiar el rumbo de nuestra tesis.
El texto estaba escrito en un soporte curioso y por completo nuevo para mi. Era una extraña mezcla de piel, celulosa y restos de rocas limadas, unidos entre sí mediante alguna magistral fórmula que éramos incapaces de adivinar. Como tinta para la escritura, se había empleado una solución de sangre y savia, que daba al escrito un aspecto apocalíptico. El pergamino había permanecido oculto en un agujero en la pared de una cámara funeraria, en las catacumbas de un viejo templo cristiano del siglo doce. No diré aquí la población para evitar saqueos innecesarios. Dos años de investigación nos llevaron a aquel lugar que, para ser sincero, hubiera preferido no encontrar nunca.
Empleamos varios meses tratando de traducir aquellas lineas que estaban escritas en un idioma desconocido tanto para mi amigo como para mí, resultado de una curiosa mezcla de latín, griego antiguo y viejos dialectos nórdicos. Después de muchos esfuerzos, conseguimos traducir la mayoría del texto que, tal y como sospechábamos desde un principio, se trataba de un ritual de invocación satánica. La mayoría del rito no contaba nada nuevo respecto a otros textos, tanto anteriores como posteriores, que habíamos tratado hasta ese momento. Por desgracia no fuimos capaces de traducir dos de los párrafos que parecían formar una parte esencial del rito.
Después de las traducciones hicimos un merecido descanso. Llevábamos trabajando dos años casi parar, así que decidimos tomarnos un mes de vacaciones. Yo, por mi parte, pasaría aquellos treinta días en una pequeña localidad costera del norte, mientas que mi amigo se encerraría en su estudio, a fin de resolver los dos últimos párrafos de aquel viejo texto. No me parecía buena idea, y traté de disuadirle, explicándole que, probablemente, tras el descanso, completaríamos nuestro gran trabajo con mayor posibilidad de éxito. Mi amigo prefirió ignorar mis consejos y trabajar en el texto durante todo el mes.
Fue el último día de mi descanso, justo cuando yo estaba preparando mi regreso a la universidad, cuando recibí la llamada de mi amigo. Su voz sonaba alterada, y las palabras salían a trompicones a través del auricular. Traté de calmarle, y le dije que al día siguiente nos veríamos en nuestro laboratorio de la facultad, y allí hablaríamos lo que fuese necesario. Él, ignorando por completo mis palabras, seguía haciendo comentarios acerca del texto. Conseguí entender que había logrado traducirlo por completo y, antes de finalizar la llamada, comentó algo de realizar la invocación completa. Intenté sin éxito pedirle prudencia, pero evidentemente ya no me escuchaba.
Al día siguiente le esperé durante varias horas en el despacho de la universidad, pero él no se presentó. Tampoco respondió a mis llamadas telefónicas y, como viera que nadie sabía de su paradero, decidí ir directamente a su casa. Aún hoy se me revuelve el estómago cuando recuerdo la escena, el pentágono dibujado en el suelo, las paredes manchadas de sangre, y mi querido amigo encogido sobre sí mismo en un rincón del salón. Balbuceaba incomprensibles palabras en lo que a mí me parecía el mismo idioma en el que estaba escrito el viejo pergamino. Su mirada era ya la de un loco y su rostro había cambiado por completo. Mi amigo se había ido, y en su lugar sólo quedaba aquel cuerpo sin mente.
Después de ingresar a mi amigo en un hospital psiquiátrico, y cuando me hube recuperado de aquella mala experiencia, decidí volver a la casa, a recuperar el viejo pergamino, más para evitar posibles problemas que para continuar con la investigación, que a aquellas alturas yo ya daba por terminada. Imaginad mi sorpresa cuando, al abrir la caja de seguridad donde él guardaba toda la información del proyecto, y buscar entre todos los papeles, observé que no sólo había desaparecido el texto, sino que se habían eliminado de los documentos todas las referencias al mismo. Pensé que podía tratarse de un simple robo, pero la caja estaba cerrada, y la combinación sólo la conocíamos los dos. Sólo espero que aquellos textos no caigan en manos inadecuadas, si es que no lo son todas, y rezo a Dios para que guarde el alma de mi amigo con especial cuidado, sobre todo si mis sospechas fueran fundadas, y lo último que él viera antes de enloquecer fuera el rostro del mismísimo Diablo.
El perro
No necesitaba escuchar el sonido del despertador para comenzar su jornada. Como regido por un reloj interno, invisible, pero de una exactitud pasmosa, cada mañana se despertaba a las seis y veinticinco. Se podría contar con los dedos de las manos la cantidad de días que aquel reloj interno le había fallado.
Todo a esas horas, desde que abría los ojos, hasta que comía por primera vez después del paseo, formaba parte de un ritual aprendido. Se acercaba hasta la cama de su amo, al que golpeaba ligeramente con la pata derecha. Entonces caminaba lento hasta la puerta de la calle, y esperaba paciente a que aquel hombre abriera y, con un breve gesto de la cabeza, le invitara a salir. Durante los primeros años, el hombre y el perro salían juntos a pasear. Incluso recordaba que hacía mucho tiempo le ataba con una correa sujeta al collar del cuello, para evitar que se escapara. ¿Escapar dónde? El hombre le había tratado muy bien, jamás le había faltado un cuenco de comida, ni de agua, ni un par de caricias. ¿Dónde iba a escapar? ¿Para qué?
Al cabo de los años, recordaba el perro, el hombre había entendido que no hacía falta la correa, y poco después se dio cuenta de que ni siquiera era necesario que le acompañara. Él mismo sabía volver a casa sin necesidad de ayuda.
Así que aquella mañana, como cualquier otra, el perro esperaba paciente junto a la puerta, y el hombre la abrió casi con desgana, más pensando en volver a la cama que en el perro y la puerta. Seguramente, si hubiera sabido que aquella iba a ser la última vez que abriría la puerta para su perro, hubiera puesto algo más de interés. Pero, ¿cómo iba a saberlo el hombre?
El viejo animal salió lento, como queriendo alargar aquellos momentos junto a su amo y la casa donde había vivido catorce años. Despacio, meditando cada paso, se alejó de la granja, y subió a la loma cercana, hasta llegar al lugar esperado. Subido sobre una roca, se tumbó nostálgico, el hocico apuntando hacia abajo, hacia su casa. Las lágrimas casi le impedían tener una última visión del que había sido su hogar durante tantos años. Al cabo de un rato observó a su amo, aquel hombre al que había sido fiel toda su vida, salir de la casa con un cubo repleto de pienso y dirigirse hacia los corrales. Desde allí arriba vio cómo su amo, extrañado, buscaba con la mirada, tal vez esperando encontrarle allí, como solía ser normal. Poco después, el hombre desapareció tras la esquina de la casa.
El dolor se hizo agudo, muy agudo, tanto que casi quería que todo acabara ya. Sabía que el final estaba cerca. El perro miró un momento hacia arriba, hacia el cielo iluminado con los primeros rayos de sol, buscando una mano familiar que le acariciara el lomo, como tantas otras veces. El dolor se había vuelto insoportable. Entonces, por última vez, el perro bajó la mirada hasta la casa, y pudo ver el perfil de su viejo hogar, y de su amo, con las manos a modo de visera, mirarle desde la distancia. La imagen se volvía cada vez más borrosa, hasta que, por fin, desapareció por completo. Era una extraña sensación, pensó el perro. El dolor había desaparecido.
Sacrificio
Jamás olvidaré los acontecimientos que sucedieron durante el verano de mil novecientos cuarenta y dos en aquel pueblecito del Pirineo, en el que solía pasar la época estival junto a mis hermanos mayores y a mis abuelos. Entonces contaba yo catorce años, así que no era más que un simple adolescente, con la cabeza llena de absurdas ideas de libertad y justicia, ideas que se mezclaban con las propias de un púber. Casi se podría decir que pasaba las horas soñando, ora con ser un valiente guerrero que librara Europa del yugo nazi, ora con Magdalena, la vecina de mi edad por la que era capaz de hacer cualquier cosa. Hubiera surcado los mares en solitario, o volado hasta la luna, si ella lo hubiera pedido.
Jamás salió de mi boca una palabra que delatara mi amor por ella, lo que no impidió que Magdalena supiera por mis actos de mi estado de loco enamorado. Así somos nosotros, los hombres, casi incapaces de hablar de nuestros sentimientos, pero libros abiertos para todo aquel que se atreva a indagar en nuestras cabezas.
Pero aún no os he hablado de mi amada. Era una muchacha preciosa, de pelo rojizo y hermosos ojos azul turquesa. Su rostro bien podía ser el más atractivo que una mujer pudiera desear, y su sonrisa, franca y clara como el agua, hacía saltar el corazón en mi pecho. Sólo había dos cosas que me alejaban de su amor. Una era la edad. Magdalena contaba cuatro años más que yo, y para un joven esa edad representaba un salto insalvable. El otro inconveniente era más difícil de esquivar que el primero. Pertenecía a una secta secreta adoradora del diablo. La secta pagaba dinero a la familia de Magdalena para que ésta tuviera una buena vida, y llegara perfecta hasta el día de su muerte, planificado para aquel mismo verano. Ella era la ofrenda a Satanás de aquel grupo de acólitos. Llegado el día, la arrebatarían la vida sin ningún pudor, sin escrúpulo, sin contemplaciones. Lo más curioso de todo es que Magdalena lo sabía, y lo aceptaba como su único destino.
Estas revelaciones me las hizo sólo a mí, durante las cálidas noches de julio. El uno de agosto seré entregada, me decía, pero no se lo puedes contar a nadie. Yo asentía y escuchaba atónito sus confesiones. Ahora me doy cuenta de que confiaba en mí porque sabía de mi amor por ella. Me contaba aquello para desahogarse, para alejar los posibles terrores que seguro la acechaban. Cada noche me contaba lo mismo, y cada noche estaba más cerca el día de su sacrificio.
Yo cumplí mi palabra y, aunque sabía que debía avisar a alguien, aquel estado de enamoramiento y mi promesa de silencio me mantenían callado. La noche anterior al ritual pedí asistir, entre confuso y atemorizado. No estaba seguro de querer ir, o mejor dicho, no quería verlo, pero una extraña fuerza dentro de mí me movía hacia el rito diabólico. Por supuesto no me lo permitió.
La noche temida llegó al fin y, a pesar de no poder asistir oficialmente a la macabra celebración, me las había ingeniado para seguir a Magdalena durante todo el día, hasta dar con el lugar del vil asesinato. La oscuridad reinante, y el abrigo de los bosques pirenaicos me permitieron observar el rito desde lejos. Aún hoy, cuando pienso en aquellas imágenes, mi mano tiembla como aquella noche. Recuerdo la hermosa figura de mi amor sobre el altar, y su bello rostro adquiriendo una mortal palidez a medida que el cuchillo avanzaba profundo, centímetro a centímetro, alrededor de su cuello. Y recuerdo que su última mirada se dirigió directa hacia mí, justo antes de cerrar los ojos. Ignoro si ella sabía que yo estaba escondido entre los árboles, y desconozco si sabrá que años después yo recibí una buena cantidad de dinero por cuidar a mi hijo, que tiene ahora cinco años, hasta su sacrificio en el altar.
Vampiro (Intro)
Si hubiera sabido que era vampiro no me habría citado con ella aquella noche. Pero claro, ¿cómo iba a yo a imaginarme algo así? Aunque me lo hubiese dicho no habría creído ni una sola palabra. Al fin y al cabo la historia de los no muertos no dejaba de ser una leyenda, una de esas historias que pasan del papel al cine, pero carentes de sentido en la realidad. Qué equivocado estaba.
La cita fue genial. Yo siempre me había sentido atraído por ella, desde el primer día que la vi en el ascensor. Recuerdo que fue una mañana en la que yo subía al infierno en la tierra, así llamamos en la oficina a la quinta planta, donde están los despachos de los jefazos. Ella entró en el ascensor justo detrás de mí. Estaba preciosa con aquel vestido verde. Por supuesto la conversación no pasó de un simple saludo y la posterior despedida, pero su presencia me cautivó, tanto que desde entonces no pude quitármela de la cabeza. Desde ese encuentro no pasó un solo día en el que no pensara en ella, al menos una vez.
El asunto es que, como decía antes de andarme por las ramas, la cita fue maravillosa. El camino de vuelta, justo después de acompañarla hasta la puerta de su casa, lo hice flotando en una de esas nubes que sólo el enamoramiento puede generar. No digo que estuviera enamorado tras la primera cita, pero desde luego estaba en proceso de enamorarme.
Por supuesto hubo más citas. Comenzamos a pasar mucho tiempo juntos. La mayoría de los días ella se quedaba a dormir en mi casa. Nunca fuimos a su casa. Es evidente que la casa de un vampiro guarda ciertas sorpresas que no se deben enseñar a cualquiera.
No me dijo que era vampiro hasta que no llevábamos más o menos un año juntos. Fue una de esas noches lluviosas en las que te acurrucas junto a tu pareja en la cama, y pasas varias horas hablando, haciendo el amor, y escuchando el incesante repiqueteo del agua contra la ventana. Me lo dijo de repente, como si el asunto fuera baladí. Al principio, como es natural, no la creí, y bromeé con ella sobre el tema. Yo seré tu siervo, si es lo que quieres, respondí. Ella me miró en silencio, me abrazó y comenzó a besarme. Mis labios se estremecían con cada beso. Me dejé llevar, y su boca se deslizó sensual hasta mi cuello, mientras con su mano acariciaba mi torso, y descendía más aún. En un momento sentí un pinchazo en el cuello, pero el frenesí provocado por el deseo sexual era demasiado grande como para detenerme en minucias. Ya habría tiempo para detalles después. No sé si aquel fue el mejor polvo de mi vida, pero seguro que fue el primero como vampiro.
La esquela
No intentaré ocultar aquí un vicio que poseo desde hace muchos años, uno de esos vicios que sólo mis amigos más cercanos conocen. Me avergüenza reconocerlo, pero es necesario contarlo para entender el resto de mi historia: adoro leer las esquelas del periódico cada día.
Recuerdo que la primera vez que lo hice debía contar diez años. Mi padre, al que recuerdo como un gran hombre, culto e inteligente, solía leer la prensa durante el desayuno. Después dejaba el ejemplar del día encima de la mesita de la sala de estar. Jamás me dijo nada, pero ahora yo intuyo que en el fondo deseaba que adquiriera sus mismos hábitos. Yo aún era joven, y no comprendía la importancia de las noticias que leía, y tal vez por eso me fijaba más en lo poco que sí lograba comprender. Aquellas fúnebres palabras, aquellos textos de muerte, aquellas cortas oraciones de despedida, eso sí lo comprendía. Sabía que detrás de los nombres había una vida, o mejor dicho una muerte.
Poco a poco, aquella curiosidad infantil se convirtió en pasión. Jamás dejé de leer las esquelas, he leído todas las esquelas de cada periódico que ha caído en mis manos desde que era un chiquillo. En cierto modo comprendo a mi mujer cuando dice que parece más una obsesión que una pasión. Es posible. Tal vez tenga que ver, y ésta es una conclusión a la que he llegado hace poco, con el pánico que tengo a morir. No quiero morir. No me importa en absoluto ver la muerte en otros rostros, o en los nombres que leo en el papel, pero cuando pienso en que algún día la rotativa imprimirá mi nombre, tiemblo como un colegial.
Sin duda fue este miedo el que me provocó la crisis nerviosa cuando, por equivocación, leí mi nombre en una esquela, aquella mañana de abril. Era evidente que se trataba de un error, dado lo absurdo que resulta que uno mismo lea su propia esquela, pero aún así no pude evitar que mi frágil corazón se acelerara en demasía.
Tardé un par de horas en recuperarme, tal era mi miedo a morir. Cuando me hube repuesto del susto, no dudé ni un segundo en buscar el teléfono de la redacción del periódico que había cometido el error, con la idea de solucionarlo cuanto antes. De nuevo mi corazón volvió a latir con fuerza cuando la voz al otro lado de la línea me aseguró que no había ningún error. Según aquella voz, por desgracia, el sujeto había fallecido hacía dos días en un trágico accidente de tráfico. Esa era, al menos, la información que manejaban.
Evidentemente debía tratarse de una broma pesada, pensé. Con seguridad mi mujer tenía algo que ver en aquel asunto. Recordé que mi mujer había salido aquella mañana, y salí a la calle en su busca. Aquella pesada broma tenía que acabar. Me dirigí a casa de su hermana, que vivía dos calles más abajo, y donde las dos solían pasar las mañanas. Crucé la calle enfadado, y fue entonces cuando me topé de frente con la comitiva fúnebre. El féretro era empujado por varios amigos míos y algunos vecinos, seguido de cerca por mi esposa, que lloraba desconsolada, su hermana, y mi familia más cercana. Por detrás caminaban varios conocidos más, todos ellos con caras tristes.
Aquella broma había pasado de castaño oscuro. Repleto de ira, me paré frente al féretro, obligando a detenerse a la comitiva. Uno de mis amigos, extrañado, se adelantó y me pidió, por favor, que me apartara para que el muerto pudiera llegar al cementerio, y obtener así su merecido descanso. Fuera de mí, aseguré que allí no había ningún muerto, y que aquello debía finalizar enseguida. Como viera que nadie decía nada, y que mi exasperación iba en aumento, hasta el punto de ser casi insoportable, me dirigí al ataúd, y de una patada retiré la tapa, intentando así acabar con aquella farsa. En el silencio de la escena casi se podía escuchar el latido de mi corazón, que se aceleraba cada segundo que observaba mi cuerpo inerte, sin vida, dentro del féretro, muerto.
