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Ejercicio de improvisación literaria: La bala disparada.
Un escritor escribe. A veces uno escribe una novela (dentro de poco os informaré de novedades) y otras veces, simplemente, uno escribe por escribir; para ejercitarse. Aquí os dejo uno de esos textos que surgen de un ejercicio de improvisación, entrenamiento de escritor, que hicimos en la tertulia literaria a la que tengo el placer de asistir con Daniel Dimeco.
Duración del ejercicio: ocho minutos.
Tema: Imagina que eres una bala que acaba de ser disparada. Describe lo que ves, lo que sientes.
Esto es lo que salió.
Escucho la detonación justo detrás de mí y noto la fuerza brutal que me empuja sin que yo pueda evitarlo. Es mi momento, mi destino. Nací para este instante.
Al principio todo es oscuridad y un ligero olor a pólvora quemada invade la estancia. Una afilada muesca metálica roza contra mí y araña mi brillante cuerpo, pero yo continúo mi viaje impulsado por la fuerza brutal.
De repente todo es luz. Atrás dejo la oscuridad del cañón y vuelo libre, directa hacia el objetivo. Siento el aire a mi alrededor mientras giro alegre. Pienso en mi objetivo. ¿Será duro? ¿Será blando? Por fin, a lo lejos, lo vislumbro. Me acerco a él inevitablemente.
Poco a poco me noto caer. La fuerza inicial desaparece y otra, que surge de la tierra, me atrae hacia sí. Mi flamante trayectoria ya no es recta. Veo el suelo cada vez más cerca, y mi objetivo ya casi no está en mi línea de visión.
Caigo. Me noto caer. Siento un dolor agudo en mi carcasa metálica. La tierra me araña, me frena. Ya no vuelo por el aire. Ya no soy una bala.
Saludos
Pagando
La musiquilla rítmica, repetitiva, de la máquina tragaperras rompía el silencio del local. Detrás de la barra Eugenio, el dueño, sacaba los vasos aún húmedos del lavavajillas y los colocaba junto a los demás, en una fila más o menos ordenada, sobre una de las repisas ya atiborrada de otros vasos y jarras de cristal. En una pared, al fondo del bar, sobre una balda de madera sujeta por dos escuadras, en un viejo televisor encendido se podía ver, pero no escuchar, uno de esos documentales repletos de imágenes de hermosos bosques, y exóticos animales.
De una destartalada portezuela, también al fondo del bar, salía una mujer joven, de unos treinta años, vestida con una minifalda color negro, ajustada, muy corta, botas altas, hasta las rodillas, y un top blanco que dejaba entrever un sujetador del mismo tono.
- Niño -dijo la joven-, ponme otro botellín anda.
- Botellín para la princesa -Eugenio dejó los vasos, abrió la cámara refrigeradora, sacó una cerveza y la dejó sobre la barra. La chica cogió la botella, observó la boca cerrada, y a punto estuvo de decir algo, pero al ver a Eugenio volver con los vasos del lavaplatos decidió callarse. Cogió un encendedor que tenía junto a un paquete de tabaco y, haciendo palanca entre el mechero y su mano, hizo saltar la chapa. Apoyó la espalda sobre la barra, y se quedó mirando a la calle, con los ojos fijos en un charco sobre el que se veían las ondulaciones que las gotas de lluvia producían al caer.
- Jodido tiempo…
- Cuál, el de ahí fuera o el otro -respondió Andrés, otro de los parroquianos habituales del antro.
- Qué otro.
- Pues el otro… Qué otro va a ser… El que no es el de ahí fuera… El de los relojes…
- Ah, el tiempo.
- Pues eso, el tiempo.
De nuevo el silencio, sólo roto por la tragaperras, se adueñó de la estancia. Andrés terminó su bebida y Eugenio, que ya había terminado de colocar los vasos, le sirvió otra sin que éste dijera nada.
- ¿No hay mucho trabajo hoy, princesa?
- Nada, Andrés… Ya lo ves. Con este tiempo la gente prefiere quedarse en casa. Se apañan con una película y listos…
- Pues qué quieres que te diga, donde estén las carnes de una jovencita que se quiten las películas, los apaños y toda esa mierda. Eso para los adolescentes, que van ciegos de ver culos todo el día…
- Ya… Y luego está el Internet ese… Allí se ponen las botas también… Y yo aquí… Jodido tiempo…
Otra vez el silencio.
- Oye…
- Qué…
- Si no tienes cliente, podrías subirte un rato a mi casa…
La mujer miró a Andrés durante dos segundos, y volvió a fijarse en el charco. Ahora llovía algo más fuerte.
- Ya. Y lo querrás gratis, ¿verdad?
- Son muchos años, princesa… Hace mucho que no…
- ¿Ves, Eugenio? -dijo dirigiéndose al camarero-. A esto me refiero. Andrés me quiere gratis, pero a ti los güisquis te los paga todos.
- O paga o no bebe. Aquí no se fía -respondió el camarero, mientras pasaba un paño húmedo por la barra.
- Ya lo has oído. Si no pagas no bebes, ni follas…
- Bah… Que os jodan…
- Si es pagando…
Andrés dejó un billete de veinte sobre la barra, de mala gana. Se levantó del taburete donde estaba sentado, y se dirigió a la puerta. Desde el umbral se quedó observando la calle, vacía a pesar de lo temprano del la hora. Se giró al interior.
- Vamos, princesa.
- ¿A dónde?
- A dónde va a ser. A mi casa…
- Pagando…
- Pagando…
La joven salió del bar, pasando junto a Andrés, que la esperaba en la puerta. Él la rodeó con su brazo, y los dos desaparecieron de la vista de Eugenio en una carrera desesperada hacia ese lugar lleno de dolor, soledad y angustia. En el bar, el camarero cogió el dinero de la barra y lo guardó en la vieja máquina registradora. Aquella era toda la ganancia del día. Después cogió un trapo húmedo, y comenzó a limpiar la cafetera.
No pienses demasiado
La calle es muy dura… Te hace pensar mucho… Yo ya no pienso, dice, y clava su mirada en algún punto entre el banco en el que permanece sentado y la pared. Unos roídos calcetines cubren sus pies, sin zapatos. Me los han robado, comenta con pena. ¿Para venderlos?, pregunto inocente. Eso no lo pueden vender… Si estaban destrozados… Para joder, lo hacen para joder, responde.
Tiene su casa (unas mantas tiradas en el suelo) en una calle poco transitada, frente al bar en el que estuvo trabajando durante quince años. Me comenta que tiene ganas de dormir, pero que los del bar no le dejan porque da mala imagen, así que tiene que esperar en ese banco hasta que el tugurio eche el cierre. Además es día de partido y cerrarán más tarde. Ha ganado el Barcelona, comenta alegre. Yo lo prefiero. A mí los otros, los del Madrid no me gustan… Iniesta, ese chico sí que vale… Tiene una peña en Talavera, yo le conozco… Coge el cartón de vino blanco que tiene a su lado y bebe de la abertura que ha hecho en una de las solapas del envase. Un hilillo de vino le recorre la barba. Se limpia con la manga. A ver si alguno de estos me da un cigarro…. No hay suerte. Ni le miran.
¿Me haces un favor? ¿Me alcanzas mi abrigo? Está ahí, en mi cama, dice, y señala las mantas que hay frente al bar, sobre las que se intuye un viejo chaquetón arrugado. Se lo acerco, y se cubre con él, a modo de manta. Oye, ¿y por qué en esta calle?, pregunto curioso. Aquí he estado toda la vida. Nací aquí…, responde. Aquí me hicieron, sonríe. Y ahora mira, doy mala imagen. Es por la barba, ¿sabes? Los que llevamos barba tenemos mal aspecto. Mira, tú también llevas barba, me mira mesándose los pelos de la cara y ríe irónico.
Alguien pasa cerca, y en un giro de la conversación me habla de los jóvenes, que se ponen de todo hasta arriba… yo ahora le doy al vino, asegura, y le da otro trago al cartón. Yo prefiero la cerveza, respondo. Sí… en verano una cañita está bien…
No le pregunto su nombre, ni a él parece interesarle el mío. Poco a poco la charla va llegando a su final. Le voy a dejar, que tengo que subirme para arriba… Por que subirme para abajo está complicado, bromeo. Vete para abajo, que te cansas menos, responde. Al final todos acabamos abajo, zanjo. Ea, pues le dejo. Me voy. Ha sido un placer, me despido. Igualmente hombre… Y muchas gracias por acercarme la chaqueta. Me voy alejando mientras le digo que no se merecen.
Estoy ya a varios metros de distancia cuando escucho y no piensas demasiado… Me giro y sonrío. A lo mejor tiene razón…
Dulcinea
No se puede escribir sin amar a Dulcinea. O haberla deseado, haber añorado tenerla entre tus brazos, sostener su mirada en la quietud de la noche, aniquilar las oscuras sombras de una habitación con el cálido fuego de su pecho, sentir el dulce torrente fluir suavemente entre dos cuerpos pegados, inseparables, eternos. No se puede vivir sin amar, al menos una vez, a Dulcinea.
Causa primera, última razón al fin y al cabo. Él lo sabía, y por eso la amaba. La imaginó cada noche, luchó por ella, se enfrentó a terribles gigantes, temibles enemigos, horribles pesadillas que invadían, vigilantes, sus sueños. Amaba a Dulcinea. Amó a Dulcinea.
Ella existe, tan real como necesaria. ¿Cómo cabalgar cada jornada, escribir un párrafo, sentir un verso, si no es por Dulcinea? No se puede vivir sin amar a Dulcinea. No puedo escribir sin amar a Dulcinea.
Junto a este río
Me voy a sentar aquí, tranquilo, en la orillita de este río.
Contigo.
Y dejaré pasar el tiempo, el agua correr.
Aquí, en calma, junto a este río.
Ven. Siéntate un rato a mi lado. Deja pasar el tiempo, mira el agua correr.
Junto a este río.
Tranquilo.
Conmigo.
Como si fuera ayer
Te marchaste una noche de octubre,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.
Desperté y ya no estabas allí,
a mi lado, en mi vida,
donde yo te quería,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.
La verdad, no me extrañó,
hacía ya tiempo que lo sabía,
y esperaste hasta el final,
hasta el último día,
cuando ya no podías más,
cuando nada ya te retenía,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.
Si hubiera podido, mi amor, lo hubiera evitado,
pero no supe cómo, nunca supe cómo,
nadie lo sabe. No te lo reprocho.
Me acuerdo muy bien, como si fuera ayer,
fue una noche fría,
de esas que el invierno le roba al otoño,
tan triste, tan melancólica,
creo que hasta llovía. Sí, llovía,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.
Te marchaste, y era octubre,
y yo lo supe, y lo sabía,
y llovía y hacía frío,
Lo recuerdo bien, como si fuera ayer.
Estaciones
Dejé que pasara el invierno
porque era muy frío.
Tú, amor, merecías más calor.
Dejé marchar la primavera
porque era muy corta.
Tú, amor, merecías más tiempo.
Dejé que se fuera el verano
con mis ojos fijos en aquella pared
blanca como la cal.
Tú, amor, merecías más colores.
Dejé irse al otoño,
amarillo manto que cubría mi vida,
porque me pareció melancólico.
Tú, amor, merecías alegría.
Y volvió de nuevo el invierno,
y mi lecho se congeló,
y tiritó mi corazón,
y te busqué junto a mí,
y no encontré más que ausencia,
gélida falta de tu amor,
triste frío desgarrador,
soledad bajo cero
disfrazada de miedo.
Y ya no había manto amarillo cubriendo mi vida,
ni cal blanca en la pared,
ni efímera flor de primavera en mi rosal.
Y yo, amor, ya no te merecía.
El desván
Una montaña de piedras, arena y madera anuncia el lugar donde, hace ya más de treinta años, se levantaba imponente aquella enorme casona en la que pasé la infancia y gran parte de mi adolescencia. En mi memoria las distancias se dibujaban más amplias, hasta el punto de que me parecía que entre la puerta que daba al jardín posterior y el árbol donde mi abuelo había construido para mí el columpio, hubieran podido edificarse tres o cuatro caseríos más como aquel. Ahora que lo vuelvo a ver, me doy cuenta de lo distorsionada que era en aquellos tiempos mi visión del mundo, y lo lejos de la realidad que vivía yo en aquel entorno tan protegido.
Es a este resquicio de lógica al que me agarro cuando vienen a mi mente los acontecimientos que sucedieron en aquella casa, y que yo mismo presencié. Pensar que todo aquello no ocurrió, que fue producto de la febril imaginación del niño que era, es el único asidero que me impide caer en la locura total. Escribo estas líneas para mí, mientras intento ordenar los pensamientos, con la vaga ilusión de concluir de aquello poco más que una viva invención pueril.
La casa tenía dos plantas, aunque la mayor parte de la vida se hacía en la inferior, quedando la superior, además de para que jugáramos nosotros, para uso de mi abuelo, donde pasaba largas noches en solitario dedicado por entero a sus más queridas actividades, la lectura y la talla de madera. El desván, así llamábamos a la planta de arriba, sin llegar a serlo, era de libre acceso para toda la familia, a excepción de un pequeño habitáculo cerrado, protegido por una pesada puerta de madera y un cerrojo cuya llave sólo mi abuelo custodiaba. Aquel, decía, era su santuario más preciado.
Por supuesto, jamás se nos franqueaba la entrada a aquella habitación y ni siquiera se nos permitía jugar cerca de la puerta. Recuerdo que la estancia estaba situada en una esquina y, según mis cálculos, debía tener forma rectangular de unos cuatro metros de largo por tres de ancho, como máximo.
Una tarde, mi hermano y yo jugábamos en el desván, y nuestro divertimento nos llevó demasiado cerca de la puerta. Recuerdo que yo quedé petrificado y me alejé rápidamente varios pasos, haciendo gestos silenciosos a mi hermano para que viniera conmigo. Él, sin embargo, decidió ignorarme, y se acercó más a la puerta, hasta el punto de apoyar su mejilla contra la madera, juntando bien la oreja al portón, con intención de escuchar algún sonido. Yo permanecí en silencio, temiendo que mi abuelo apareciera de repente y nos castigara. A mi hermano esto no parecía importarle demasiado y continuó su investigación.
Como fuera que a través de la puerta no escuchara nada, se levantó y trató de abrirla girando el pomo. La puerta no cedió. Mi hermano se volvió y me miró. Yo retrocedí otro par de pasos mientras negaba con la cabeza. Aquello no podía salir bien. Yo sabía que mi abuelo, a esas horas, se encontraba fuera cuidando el jardín, pero podía aparecer en cualquier momento, bien por casualidad, bien por intuición.
Por supuesto, mi hermano volvió a ignorarme. Soltó el pomo y sonrió lentamente, mientras con su mano derecha sacaba del bolsillo de su pantalón un pedazo de alambre retorcido que, a modo de ganzúa, debía valer para tratar de correr el pestillo. Sin duda mi hermano lo tenía todo planeado, y en aquel momento me di cuenta de que nada había sido casual. Había planificado el momento al más mínimo detalle, el juego que nos llevó hasta la puerta, el alambre…
Yo alternaba la mirada entre la puerta donde mi hermano ya intentaba forzar la cerradura y las escaleras que daban al piso inferior, a fin de poder avisar de la llegada de cualquier persona, sobre todo de mi abuelo. Escuché una palabra malsonante y después un sonido tosco, de metal contra madera. La puerta aún permanecía cerrada, aunque sin duda aquel sonido había sido el de un cerrojo abriéndose. Miré a mi hermano, que estaba a punto de abrir la puerta, y volví la mirada hacia el pasillo con la esperanza de que permaneciera vacío, como lo había estado hasta ese momento.
Escuché un clic, y supe que mi hermano había abierto la puerta. De la habitación salió un destello de luz tan brillante que iluminó por completo toda la planta superior de la casa. Aquella luz se hizo tan potente que casi era incapaz de distinguir la estancia en la que me encontraba. La claridad de la luz se iba haciendo cada vez mayor, y a duras penas distinguía los perfiles de los objetos más cercanos. Los ojos empezaron a dolerme, y la piel me escocía y me quemaba, como si una llamarada estuviera abrasando mi cuerpo. Los pulmones se llenaron de aire caliente, y había perdido por completo la capacidad de gritar. Por fin, aquella luz, aquella energía me envolvió con tal fuerza que sólo pude tirarme al suelo, encogido, protegiendo la cabeza con mis manos en un intento desesperado de evitar que aquel maldito calor, aquella terrible luz, terminara de matarme.
Y entonces, de repente, todo fue oscuridad. La oscuridad más absoluta. La nada después de la nada. Allí me encontraba yo, flotando entre materia oscura, en total ausencia de luz. El silencio era aterrador. Sentí un frío gélido que entumecía mis músculos y helaba todo mi cuerpo. No sé cuánto tiempo estuve así. Demasiado.
Por fin, el silencio se rompió, y a lo lejos comencé a escuchar voces, la mayoría conocidas. Otras no. La voces conocidas se acercaban cada vez más, a la vez que la oscuridad desaparecía. Una cálida sensación se apoderaba de mí, lenta, imparable. Estaba bien, perfecto. Abrí los ojos. Me encontraba en mi cama, rodeado de mis padres, y una enfermera. Sus rostros reflejaban alivio al verme despertar. Al fondo de la habitación, junto a la puerta, mi abuelo me miraba con dureza, callado. Sentí un escalofrío la verle, un escalofrío que duró hasta que salió de la habitación.
No recuerdo si pregunté en ese momento o simplemente me lo contaron. Desde aquella tarde nadie había vuelto a ver a mi hermano, al que daban por desaparecido. Tampoco se explicaban por qué me sumí yo en aquel extraño coma que me postró casi un mes en la cama. Viví pocos años más en aquella casa. Durante ese tiempo jamás hablé con mi abuelo de lo sucedido y nunca volví al desván.
El Claro
A pesar del intenso frío con que la noche había recibido las que serían sus últimas horas, el condenado sólo sentía calor, un fuego ardiendo en lo más profundo de su cuerpo, una ola de llamas y angustia que recorría sus pulmones, su garganta y su boca, con cada respiración. ¿Quién hubiera sido capaz de sentir frío en un momento así?
Caminaba despacio, tropezando con las viejas raíces de los árboles, hacia El Claro. Lo conocía bien. Allí todos lo conocían bien. Aquella herida en medio del bosque, de poco más de diez metros de largo, y otros diez de ancho, que tanto reos como carceleros conocían como El Claro, se había convertido en la suerte de moderno cadalso, lugar de justicia final, donde el hombre mataba al hombre. Hacia ese lugar, ese inevitable final, caminaba a duras penas el prisionero, a trompicones, con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, y vigilado sólo por un centinela, que era además verdugo.
- No tienes por qué… – habló el prisionero. Su voz sonaba débil, entrecortada.
- Camina. – El centinela acompañó su respuesta con un empujón que derribó al condenado. Éste, a duras penas, consiguió levantarse.
- Tú no me conoces. Pero yo no lo hice. De verdad que no lo hice.
- Calla. – Esta vez el empujón no derribó al prisionero, pero sintió el cañón del fusil clavarse en su espalda.
Los dos permanecieron en silencio un rato más. Entonces, a pesar de la venda que le impedía ver, el condenado supo que habían llegado a El Claro. El suelo era distinto, ya no había raíces con las que tropezar, y sentía el suelo mullido por el césped al pisarlo.
- Para aquí. – Habló el centinela.
- No lo hagas, por favor. No tienes por qué.
El verdugo destapó los ojos al prisionero que, por primera vez, pudo ver la cara de su ejecutor. Hubiera esperado ver una cara conocida, alguien a quien hubiese molestado durante los años de juventud. Pero no era así. Era la primera vez que veía aquel rostro.
- No te conozco, y tú a mi tampoco. Mira, no tengo nada en contra tuyo, y tú no tienes nada contra mí. Déjame ir. Deja que me vaya. Allí nadie se dará cuenta. Me voy de la ciudad, del país si es necesario. Pero no lo hagas, por Dios, no lo hagas.
- Aquí Dios no tiene nada que ver.
- No lo hagas … – la súplica, acompañada de sollozos, rompía el silencio de la fría noche.
- Mira – dijo el verdugo con voz seca. – No es nada personal. Si no lo hago, y me pillan, me van a joder de lo lindo, ¿sabes?
- Te prometo que me iré. Nadie sabrá nada de mí.
- De lo lindo… Me joderían de lo lindo – respondió el verdugo, al tiempo que se alejaba tres pasos del recluso, y apuntaba con su arma al pecho del desgraciado.
- No, te prometo que nadie sabrá de mí… Por favor…
- Y yo qué sé. Éstos saben cómo joder. Tú lo sabes bien. Me joderían de lo lindo si se enterasen.
- Pero no se enterarán. Te lo prometo.
- No.
Los dos disparos sonaron secos, duros, más fríos que la gélida noche. El mullido césped de El Claro amortiguó la caída del cuerpo sin vida del prisionero. El verdugo recogió los dos casquillos, en un ritual que había aprendido de memoria. Después, se colgó el fusil al hombro, agarró de los brazos el cadáver, y lo arrastró hasta el río a menos de veinte metros de El Claro. La corriente era fuerte por esas fechas, y no necesitó empujarlo demasiado antes de que la fuerza del río arrastrara el cuerpo muerto.
Lo observó alejarse, mientras se hundía en el agua. Entonces, el verdugo dio media vuelta y tomó el camino de regreso con los suyos. Mientras volvía imaginó que el próximo era él. Se imaginó a sí mismo caminando hasta El Claro con los ojos tapados, esperando un final inevitable. Siempre imaginaba lo mismo cuando volvía de El Claro. Las primeras veces la congoja lo invadía, y trataba de quitarse el pensamiento de la cabeza. Sin embargo, desde hacía un tiempo, aquel pensamiento ya no le producía angustia sino paz. Aquella debía ser, sin duda, la única forma de liberarse. Sólo esperaba que fuera pronto. Con un poco de suerte, la próxima vez.
La tarde que pasé en el centro de salud después de que me mordiera un tiburón blanco
Por mantener, en cierto modo, la intimidad de los personajes que conforman este relato, no emplearé sus nombres reales, ni ubicaré la acción en lugar determinado. A fin de evitar todo tipo de suspicacias, diré que los acontecimientos que procedo a relatar sucedieron en un pequeña localidad costera, pedanía de otra más grande, de cuyo nombre no quiero acordarme. Diremos también que, al tratarse de una historia coral, en la que todos los personales tienen igual importancia, no señalaré al protagonista de la misma, por no existir, ni daré más información de la necesaria. Pero no me andaré por las ramas, que no es cuestión de pulular por ahí haciendo el mono, y comenzaré con los hechos reales.
Tratábase de una calurosa tarde de verano, una de esas en las que a las cinco de la tarde el sol nos mira desde el cielo azul, encabronado por hacerle trabajar en vacaciones, y lanzando rayos calientes, jodidamente calientes, a los hombros ya achicharrados de los que sin camiseta se atreven a vagar a esas horas en una zona costera, que viene a ser una gran cantidad de autóctonos, y la totalidad de los foráneos. Especial interés me produce el hecho de que son las pálidas gentes de fuera las que, al parecer, poseen un gran poder de atracción sobre los nombrados rayitos, hasta el punto de que más parecen cangrejos venidos a más que humanos venidos a menos.
Aquella tarde, volviendo al tema que nos ocupa, había acudido yo al centro de salud de la pedanía en cuestión, a fin de obtener alguna cura para las heridas que el ataque de un tiburón blanco me había producido en el brazo izquierdo y en la pierna del mismo lado, que había quedado maltrecha a más no poder. Por suerte para mí, y por desgracia para el animalito, que a lo que se ve debía llevar tiempo sin comer, conseguí mantener el miembro entero en lo que a su longitud se refiere, a pesar de que había adelgazado varios kilos, de los que el escualo dio buena cuenta.
Allí me encontraba yo, con media pierna arrancada de cuajo, y el brazo rajado de punta a punta, esperando a que el buen doctor cantara mi nombre, y me tocara entrar en la consulta, al ser posible antes de que terminara de desangrarme. Menos mal que soy hombre previsor y de camino al centro de salud me hice con un cubo de plástico, que un buen muchacho me prestó para tal ocasión, un cubo de esos de playa para hacer castillitos de arena, en el que iba recogiendo como podía el reguero de sangre, a fin de no perderla del todo. Cada vez que el cubo se llenaba yo me lo bebía, y así, con tal astucia, aguanté sin mayor sobresalto que el que el pez de afilados dientes me había dado mientras tomaba mi merecido baño veraniego.
En condiciones normales, me comentó una de las enfermeras, mi caso sería señalado de urgente, y el doctor me atendería el primero, pero la casualidad había hecho que, a la vez que el tiburón me atacaba a mí, un hombre había sido atravesado de punta a punta por una cometa mal dirigida por un muchacho sin carnet, un pescador de la zona, en un momento de confusión había comido carne, y un valenciano había pedido paella en un chiringuito de playa. Imaginad el panorama. El viejo pescador, que había comido un filete de ternera, se retorcía de dolor en el suelo, agarrándose la tripa, mientras emitía gemidos agónicos. El valenciano había enloquecido por completo y, de cuclillas sobre una de las sillas de la sala de espera, repetía una y otra vez “lo he visto, lo he visto. Era una paella. Lo he visto…”. Por su parte, el hombre atravesado de punta a punta por la cometa luchaba frenético por no salir despedido por el aire, mientras el dueño de la cometa, un joven de unos diez años, corría tirando del hilo tratando de hacer volar el artefacto.
En esas estábamos, cada uno intentando hacer notar la gravedad de sus heridas a fin de ser atendido en primer lugar, cuando desde el otro lado de la puerta que daba acceso a la consulta médica comenzaron a escucharse una serie de lamentos y gemidos aterradores, que no desmerecían en nada de los que los enfermos de fuera, nosotros, lanzábamos a coro. Tal era la escandalera allí montada que, casi sin quererlo, y con la fenomenal batuta de una de las enfermeras, empezamos a tatarear la novena de Beethoven, como quien no quiere la cosa, a base de aullidos de dolor, y otros un poco fingidos, para qué engañarnos.
En el segundo movimiento de la obra la puerta se abrió de par en par, y el médico, pálido como la cal, salió de allí entre mareado y anonadado, patidifuso diría yo, con una mano en la boca, y otra en la cabeza. Nos miró a todos, nos dedicó una forzada sonrisa manchada de nicotina y alquitrán e hizo mutis por el foro a tal velocidad que, a mis ojos, su bata casi parecía un borrón blanco en mi retina.
Desamparados, nos miramos intentando comprender la situación. ¿Qué hacer en un caso así? Lo mío tenía fácil solución, pues podía esperar a otro día. Al fin y al cabo, el cubito de plástico para hacer castillos de arena era más que suficiente para ir tirando. Al pescador finalmente le conseguimos convencer, no sin mucho esfuerzo, de que, a pesar de haber comido carne, sus dotes como marinero no quedaban cuestionadas, ni mucho menos mermadas. Para esta labor fue muy importante la actuación de una de las enfermeras, cuyo padre había sido ballenero, y nunca había dicho que no a un buen chuletón de buey. El buen hombre pareció tranquilizarse al oír aquello.
Aún faltaban dos casos por solucionar pues, como he dicho antes, lo mío bien podía esperar. Ni las enfermeras ni yo teníamos la más remota idea de qué hacer con el hombre de Valencia. Aquello pintaba feo, muy feo. En un alarde de imaginación pregunté si, por casualidad, alguno de los presentes tenía pólvora. Como me respondieran que no, que nadie tenía a mano pólvora, decidí que con una bolsa de plástico y unas cerillas, tal vez, pudiera hacer funcionar el plan que había preparado. El asunto consistía en encender la cerilla cerca del pobre valenciano, que aún seguía subido sobre la silla, al tiempo que se hacía explotar la bolsa de plástico, que previamente se habría inflado con aire, junto a su oído. Las enfermeras parecieron entender a la primera, y pusieron el plan en funcionamiento.
El éxito fue rotundo. En cuanto sonó el “pum” de la bolsa, y la habitación se llenó con el olorcillo inconfundible de la cerilla quemada, el valenciano salió de su éxtasis al grito de “petardos , petardos, fallas, fallas”, y abandonó el edificio sin mirar atrás, y olvidando por completo sus anteriores males. Ya por la ventana vimos que continuó su carrera directo hacia su tierra, como si una voz que nosotros no podíamos escuchar le llamara a voces.
Ya sólo faltaba el hombre de la cometa, que a esas alturas sobrevolaba los asientos, y salía por la ventana. El niño no paraba de agitar la cuerda y moverse, con lo que el artefacto iba cogiendo cada vez más altura. Me hubiera gustado contaros, de verdad, que de algún modo conseguimos bajar al hombre, y que el niño dejó de dar vueltas al edificio con la cometa. Pero la vida, a veces, trae estas cosas, desgracias, para enseñarnos que no siempre se gana. Lo que ocurrió fue que una ráfaga de viento arrancó de cuajo la cuerda que mantenía a nuestro paciente atado a la tierra a través del muchacho, y la cometa se elevó sobre nuestras cabezas, como si de un globo se tratara. Por supuesto que me extrañó que así sucediera, puesto que las cometas suelen caer por su propio peso, pero aquella debió coger una corriente ascendente de aire, y allí, volando sin motor, cual aventurero sin par, se fue nuestro enfermo, ensartado de punta a punta por la cometa. Para que sirva de consuelo, cuando se encontraba a un par de centenares de metros del suelo, le oímos gritar algo así como “estoy bien, mejor que nunca. No os preocupéis” … Supongo que ahora vivirá como cualquier ave marina, comiendo peces y sintiendo en sus propias carnes la libertad que ya Ícaro apuntara en su momento.
Y esa fue, a grandes rasgos, la historia de aquella calurosa tarde de verano en una pequeña pedanía costera, en la que un enorme tiburón blanco me arrancó un buen mordisco de pierna, y poquito del brazo. Menos mal que tenía un cubo.
