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Archive for the ‘batiburrillo’ Category

I Jornada literaria organizada por Ediciones Antígona

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La editorial Antígona organiza la primera jornada literaria orientada a escritores noveles en su nueva sede de la calle Prim, número 15. Se trata de un encuentro de nuevos escritores, una tertulia literaria en un ambiente distendido donde podréis (podremos) hablar de lo que más nos gusta: literatura. También podéis aprovechar para enseñar vuestros textos a la editorial, que serán bienvenidos.

En este primer encuentro yo mismo romperé el hielo presentando mi obra Días, editada en 2010 por la propia editorial Antígona, en su colección Kairós.

Si estás interesado, aquí tienes más información. Iré actualizando la información en este blog. Espero veros por allí a todos.

Un abrazo

Actualización: Ya tenemos fecha para la jornada literaria. Será el 11 de febrero a las 19:00h en la sede de la editorial (Calle Prim, número 15, en Madrid). Copio literalmente el mensaje de la editorial al respecto:

Este encuentro está pensado para todos aquellos que, siendo escritores o no, quieran establecer un punto de encuentro para debatir y poner en común temas relacionados con la literatura, y busquen un espacio creativo para compartir lecturas y textos. Inscríbete de forma gratuita en eventos@edicionesantigona.com

Written by juanjo escribano

diciembre 22nd, 2010 at 10:15 am

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Como si fuera ayer

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Te marchaste una noche de octubre,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.

Desperté y ya no estabas allí,
a mi lado, en mi vida,
donde yo te quería,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.

La verdad, no me extrañó,
hacía ya tiempo que lo sabía,
y esperaste hasta el final,
hasta el último día,
cuando ya no podías más,
cuando nada ya te retenía,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.

Si hubiera podido, mi amor, lo hubiera evitado,
pero no supe cómo, nunca supe cómo,
nadie lo sabe. No te lo reprocho.

Me acuerdo muy bien, como si fuera ayer,
fue una noche fría,
de esas que el invierno le roba al otoño,
tan triste, tan melancólica,
creo que hasta llovía. Sí, llovía,
lo recuerdo bien, como si fuera ayer.

Te marchaste, y era octubre,
y yo lo supe, y lo sabía,
y llovía y hacía frío,
Lo recuerdo bien, como si fuera ayer.

Written by juanjo escribano

diciembre 8th, 2010 at 1:28 pm

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Amor

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Mucho se ha escrito ya sobre el amor y sus consecuencias, que las hay. Ríos de tinta, montañas de celulosa, millones de versos a cuál más hermoso, miles de párrafos repletos de descripciones, sentimientos, pensamientos y acciones, todos hablando de amor. Me gusta, por curiosa, una de las acepciones que la Real Academia Española de la lengua hace sobre esta palabra: “Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Y no es la única. Catorce acepciones tiene la entrada en el diccionario, a día de hoy. Vaya con la palabrita.

El amor es fuente de inspiración, uno de los grandes temas de la humanidad y, por supuesto, de la literatura universal. Al fin y al cabo, la literatura es humanidad, sobre todas las cosas. Romeo loco por Julieta o Penélope esperado incansable a Odiseo son amores difíciles de olvidar. También en la música, en la pintura, en el cine, en el teatro… En la cotidianidad del día a día encontramos amor a raudales.

El refranero popular, tan amplio en nuestra lengua, no queda atrás. Amar sin padecer, no puede ser, dice uno de ellos, o amar sin ser amado, es tiempo mal empleado, asegura otro.

Y de la poesía… Qué decir de la poesía. Quién no se deja llevar, a ratos, por las genialidades de un maestro como Bécquer,

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?

O con versos del genial Neruda,

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Y a pesar de todo lo que ya se ha dicho, seguimos escribiendo de amor. Seguimos cantando al amor. Seguimos pintando lienzos, con trazos repletos de amor.

¿Por qué amor y amargura se parecerán tanto? Pienso yo.

Quién no quiso alguna vez algo que no pudo tener, cantaban Los Suaves.

El enamoramiento es una fase de tontería pasajera, acertó a decir un genio.

¿Por qué no iba yo a dedicar hoy unas líneas al amor? Estas son las de hoy. Mañana ya veremos.

Written by juanjo escribano

noviembre 16th, 2010 at 4:31 pm

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Con la iglesia hemos topado, amigo Saharaui

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Con la iglesia hemos topado, dice el refranero popular, aprovechando mal unas líneas de nuestro querido Quijote. Y no es que éstas, las mías, versen sobre tan popular hazaña literaria, ni mucho menos, es más bien que me vienen como anillo al dedo para romper la blancura de esta hoja virgen y, de paso, aplicarla con toda la delicadeza de la que soy capaz al asunto Saharaui, ni más ni menos. Si en habla popular, nuestro Sancho se topaba con la iglesia, en el asunto del desierto los saharauis se han topado con Marruecos. Pero claro, lo de allí abajo no es un cuento y la sangre, de unos y de otros, se derrama en serio, de verdad verdadera.

No os puedo mentir. No soy experto en la materia y no sé, ni me corresponde a mí determinarlo, cuál de los dos bandos, el marroquí o el saharaui, tiene razón, y si unos deberían ser independientes, o formar parte de la monarquía de los otros. Porque aquí, como en todas partes, la historia cambia por completo dependiendo de quién la cuente.

Sea como fuere, y según parece, en mitad del calor del desierto, los amigos de Marruecos están repartiendo de lo lindo, y se están despachando como gustan con los colegas saharauis. Eso parece evidente, que podemos ser tontos, pero aún sabemos comprender según qué cosas. Lo que es de alucine, oiga, es el pasotismo de occidente. El miedo atroz que Europa en primera instancia, y el resto de países detrás, tiene al gobierno marroquí. Nos deben tener bien cogidos por la solapa, y esto lo deduzco de lo que se les ha permitido hasta la fecha, y lo que te rondaré morena.

Qué curiosa es la política, y de qué formas tan distintas se puede defender un país. No es el de Marruecos un gran ejército, y aún así no le tose ni los de los Estados Juntitos. Que puede parecer que no viene a cuento, pero cuando el río suena, agua lleva. Desde aquellos incidentes del islote de marras, de cuyo nombre no quiero acordarme, hasta la actualidad, no han pasado ni diez años, durante los que el gobierno marroquí ha puesto en jaque a Europa, a sus instituciones, y por supuesto a España, año sí, año también. Y ahí están, como Pedro por su casa. Otros por menos se han llevado la del pulpo.

En fin, que no tengo ni idea, de verdad, de si los amigos del Sáhara merecen ser independientes o no, y no voy a entrar aquí en aquello de que la tierra no es de nadie, sino del viento. Lo que si merecen, seguro, es un poquito más de atención. Antes de que los masacren del todo, y por lo que pueda pasar, digo.

Written by juanjo escribano

noviembre 10th, 2010 at 7:34 pm

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Fotografía: bosque y agua en otoño

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Ya he dejado por aquí antes alguna que otra fotografía, y hoy vuelvo a las andadas. La naturaleza nos regala paisajes increíbles, difíciles de capturar en una sola foto. Pero yo lo intento.









Un abrazo.

Written by juanjo escribano

octubre 17th, 2010 at 6:12 pm

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Preparamos un cortometraje con un relato de Días

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Una historia puede ser contada de muchas formas diferentes, todas bellas, todas arte. A mí me gusta hacerlo desde la palabra escrita, la grafía sobre la celulosa, la vieja literatura, el papel desbordante de sílabas batiéndose en duro duelo, venciendo al temido blanco impoluto que es al empezar. Y así, poco a poco, voy creando historias.

Una de ellas ha llegado a manos de Nacho, un director novel de cortometraje, un artista de la imagen y el sonido, un mago del encuadre y el guión que me ha embaucado para lanzarnos juntos a llevar uno de los relatos de Días al mundo audiovisual. El Bosque es el relato que Nacho ha escogido para realizar nuestro primer corto juntos. El relato, que tiene el honor de ser el más viejo de todos los que hay en Días (escrito en 2005), está enmarcado dentro de la sección de Relatos de Terror y Misterio, y Nacho está sabiendo crear el ambiente adecuado en las grabaciones que ya estamos haciendo. Txomin, Bety y Laura, con sus más que espléndidas actuaciones están completando una aventura difícil de olvidar. No puedo dejar de mencionar a Javi, por su melódico aporte, y a Diga 33, que pone banda sonora a la historia.

Cortometraje El Bosque

Si todo sale bien, si las musas nos acompañan, los medios no fallan, y los actores no se acatarran, antes del final de este año tendremos el producto finalizado y podréis disfrutarlo. A ver si hay suerte.

De momento, y hasta nuevo aviso, no os puedo contar nada nuevo. Espero poder dar más noticias dentro de poco y, si me dejan, filtrar alguna imagen, aunque Nacho es muy riguroso con su arte. No es para menos.

Se despide de ustedes este humilde aprendiz de escritor, hasta la próxima vez que nos leamos, y como dicen en el teatro: mucha mierda.

Written by juanjo escribano

octubre 13th, 2010 at 4:55 pm

El desván

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Una montaña de piedras, arena y madera anuncia el lugar donde, hace ya más de treinta años, se levantaba imponente aquella enorme casona en la que pasé la infancia y gran parte de mi adolescencia. En mi memoria las distancias se dibujaban más amplias, hasta el punto de que me parecía que entre la puerta que daba al jardín posterior y el árbol donde mi abuelo había construido para mí el columpio, hubieran podido edificarse tres o cuatro caseríos más como aquel. Ahora que lo vuelvo a ver, me doy cuenta de lo distorsionada que era en aquellos tiempos mi visión del mundo, y lo lejos de la realidad que vivía yo en aquel entorno tan protegido.

Es a este resquicio de lógica al que me agarro cuando vienen a mi mente los acontecimientos que sucedieron en aquella casa, y que yo mismo presencié. Pensar que todo aquello no ocurrió, que fue producto de la febril imaginación del niño que era, es el único asidero que me impide caer en la locura total. Escribo estas líneas para mí, mientras intento ordenar los pensamientos, con la vaga ilusión de concluir de aquello poco más que una viva invención pueril.

La casa tenía dos plantas, aunque la mayor parte de la vida se hacía en la inferior, quedando la superior, además de para que jugáramos nosotros, para uso de mi abuelo, donde pasaba largas noches en solitario dedicado por entero a sus más queridas actividades, la lectura y la talla de madera. El desván, así llamábamos a la planta de arriba, sin llegar a serlo, era de libre acceso para toda la familia, a excepción de un pequeño habitáculo cerrado, protegido por una pesada puerta de madera y un cerrojo cuya llave sólo mi abuelo custodiaba. Aquel, decía, era su santuario más preciado.

Por supuesto, jamás se nos franqueaba la entrada a aquella habitación y ni siquiera se nos permitía jugar cerca de la puerta. Recuerdo que la estancia estaba situada en una esquina y, según mis cálculos, debía tener forma rectangular de unos cuatro metros de largo por tres de ancho, como máximo.

Una tarde, mi hermano y yo jugábamos en el desván, y nuestro divertimento nos llevó demasiado cerca de la puerta. Recuerdo que yo quedé petrificado y me alejé rápidamente varios pasos, haciendo gestos silenciosos a mi hermano para que viniera conmigo. Él, sin embargo, decidió ignorarme, y se acercó más a la puerta, hasta el punto de apoyar su mejilla contra la madera, juntando bien la oreja al portón, con intención de escuchar algún sonido. Yo permanecí en silencio, temiendo que mi abuelo apareciera de repente y nos castigara. A mi hermano esto no parecía importarle demasiado y continuó su investigación.

Como fuera que a través de la puerta no escuchara nada, se levantó y trató de abrirla girando el pomo. La puerta no cedió. Mi hermano se volvió y me miró. Yo retrocedí otro par de pasos mientras negaba con la cabeza. Aquello no podía salir bien. Yo sabía que mi abuelo, a esas horas, se encontraba fuera cuidando el jardín, pero podía aparecer en cualquier momento, bien por casualidad, bien por intuición.

Por supuesto, mi hermano volvió a ignorarme. Soltó el pomo y sonrió lentamente, mientras con su mano derecha sacaba del bolsillo de su pantalón un pedazo de alambre retorcido que, a modo de ganzúa, debía valer para tratar de correr el pestillo. Sin duda mi hermano lo tenía todo planeado, y en aquel momento me di cuenta de que nada había sido casual. Había planificado el momento al más mínimo detalle, el juego que nos llevó hasta la puerta, el alambre…

Yo alternaba la mirada entre la puerta donde mi hermano ya intentaba forzar la cerradura y las escaleras que daban al piso inferior, a fin de poder avisar de la llegada de cualquier persona, sobre todo de mi abuelo. Escuché una palabra malsonante y después un sonido tosco, de metal contra madera. La puerta aún permanecía cerrada, aunque sin duda aquel sonido había sido el de un cerrojo abriéndose. Miré a mi hermano, que estaba a punto de abrir la puerta, y volví la mirada hacia el pasillo con la esperanza de que permaneciera vacío, como lo había estado hasta ese momento.

Escuché un clic, y supe que mi hermano había abierto la puerta. De la habitación salió un destello de luz tan brillante que iluminó por completo toda la planta superior de la casa. Aquella luz se hizo tan potente que casi era incapaz de distinguir la estancia en la que me encontraba. La claridad de la luz se iba haciendo cada vez mayor, y a duras penas distinguía los perfiles de los objetos más cercanos. Los ojos empezaron a dolerme, y la piel me escocía y me quemaba, como si una llamarada estuviera abrasando mi cuerpo. Los pulmones se llenaron de aire caliente, y había perdido por completo la capacidad de gritar. Por fin, aquella luz, aquella energía me envolvió con tal fuerza que sólo pude tirarme al suelo, encogido, protegiendo la cabeza con mis manos en un intento desesperado de evitar que aquel maldito calor, aquella terrible luz, terminara de matarme.

Y entonces, de repente, todo fue oscuridad. La oscuridad más absoluta. La nada después de la nada. Allí me encontraba yo, flotando entre materia oscura, en total ausencia de luz. El silencio era aterrador. Sentí un frío gélido que entumecía mis músculos y helaba todo mi cuerpo. No sé cuánto tiempo estuve así. Demasiado.

Por fin, el silencio se rompió, y a lo lejos comencé a escuchar voces, la mayoría conocidas. Otras no. La voces conocidas se acercaban cada vez más, a la vez que la oscuridad desaparecía. Una cálida sensación se apoderaba de mí, lenta, imparable. Estaba bien, perfecto. Abrí los ojos. Me encontraba en mi cama, rodeado de mis padres, y una enfermera. Sus rostros reflejaban alivio al verme despertar. Al fondo de la habitación, junto a la puerta, mi abuelo me miraba con dureza, callado. Sentí un escalofrío la verle, un escalofrío que duró hasta que salió de la habitación.

No recuerdo si pregunté en ese momento o simplemente me lo contaron. Desde aquella tarde nadie había vuelto a ver a mi hermano, al que daban por desaparecido. Tampoco se explicaban por qué me sumí yo en aquel extraño coma que me postró casi un mes en la cama. Viví pocos años más en aquella casa. Durante ese tiempo jamás hablé con mi abuelo de lo sucedido y nunca volví al desván.

Written by juanjo escribano

septiembre 28th, 2010 at 7:27 am

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La tarde que pasé en el centro de salud después de que me mordiera un tiburón blanco

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Por mantener, en cierto modo, la intimidad de los personajes que conforman este relato, no emplearé sus nombres reales, ni ubicaré la acción en lugar determinado. A fin de evitar todo tipo de suspicacias, diré que los acontecimientos que procedo a relatar sucedieron en un pequeña localidad costera, pedanía de otra más grande, de cuyo nombre no quiero acordarme. Diremos también que, al tratarse de una historia coral, en la que todos los personales tienen igual importancia, no señalaré al protagonista de la misma, por no existir, ni daré más información de la necesaria. Pero no me andaré por las ramas, que no es cuestión de pulular por ahí haciendo el mono, y comenzaré con los hechos reales.

Tratábase de una calurosa tarde de verano, una de esas en las que a las cinco de la tarde el sol nos mira desde el cielo azul, encabronado por hacerle trabajar en vacaciones, y lanzando rayos calientes, jodidamente calientes, a los hombros ya achicharrados de los que sin camiseta se atreven a vagar a esas horas en una zona costera, que viene a ser una gran cantidad de autóctonos, y la totalidad de los foráneos. Especial interés me produce el hecho de que son las pálidas gentes de fuera las que, al parecer, poseen un gran poder de atracción sobre los nombrados rayitos, hasta el punto de que más parecen cangrejos venidos a más que humanos venidos a menos.

Aquella tarde, volviendo al tema que nos ocupa, había acudido yo al centro de salud de la pedanía en cuestión, a fin de obtener alguna cura para las heridas que el ataque de un tiburón blanco me había producido en el brazo izquierdo y en la pierna del mismo lado, que había quedado maltrecha a más no poder. Por suerte para mí, y por desgracia para el animalito, que a lo que se ve debía llevar tiempo sin comer, conseguí mantener el miembro entero en lo que a su longitud se refiere, a pesar de que había adelgazado varios kilos, de los que el escualo dio buena cuenta.

Allí me encontraba yo, con media pierna arrancada de cuajo, y el brazo rajado de punta a punta, esperando a que el buen doctor cantara mi nombre, y me tocara entrar en la consulta, al ser posible antes de que terminara de desangrarme. Menos mal que soy hombre previsor y de camino al centro de salud me hice con un cubo de plástico, que un buen muchacho me prestó para tal ocasión, un cubo de esos de playa para hacer castillitos de arena, en el que iba recogiendo como podía el reguero de sangre, a fin de no perderla del todo. Cada vez que el cubo se llenaba yo me lo bebía, y así, con tal astucia, aguanté sin mayor sobresalto que el que el pez de afilados dientes me había dado mientras tomaba mi merecido baño veraniego.

En condiciones normales, me comentó una de las enfermeras, mi caso sería señalado de urgente, y el doctor me atendería el primero, pero la casualidad había hecho que, a la vez que el tiburón me atacaba a mí, un hombre había sido atravesado de punta a punta por una cometa mal dirigida por un muchacho sin carnet, un pescador de la zona, en un momento de confusión había comido carne, y un valenciano había pedido paella en un chiringuito de playa. Imaginad el panorama. El viejo pescador, que había comido un filete de ternera, se retorcía de dolor en el suelo, agarrándose la tripa, mientras emitía gemidos agónicos. El valenciano había enloquecido por completo y, de cuclillas sobre una de las sillas de la sala de espera, repetía una y otra vez “lo he visto, lo he visto. Era una paella. Lo he visto…”. Por su parte, el hombre atravesado de punta a punta por la cometa luchaba frenético por no salir despedido por el aire, mientras el dueño de la cometa, un joven de unos diez años, corría tirando del hilo tratando de hacer volar el artefacto.

En esas estábamos, cada uno intentando hacer notar la gravedad de sus heridas a fin de ser atendido en primer lugar, cuando desde el otro lado de la puerta que daba acceso a la consulta médica comenzaron a escucharse una serie de lamentos y gemidos aterradores, que no desmerecían en nada de los que los enfermos de fuera, nosotros, lanzábamos a coro. Tal era la escandalera allí montada que, casi sin quererlo, y con la fenomenal batuta de una de las enfermeras, empezamos a tatarear la novena de Beethoven, como quien no quiere la cosa, a base de aullidos de dolor, y otros un poco fingidos, para qué engañarnos.

En el segundo movimiento de la obra la puerta se abrió de par en par, y el médico, pálido como la cal, salió de allí entre mareado y anonadado, patidifuso diría yo, con una mano en la boca, y otra en la cabeza. Nos miró a todos, nos dedicó una forzada sonrisa manchada de nicotina y alquitrán e hizo mutis por el foro a tal velocidad que, a mis ojos, su bata casi parecía un borrón blanco en mi retina.

Desamparados, nos miramos intentando comprender la situación. ¿Qué hacer en un caso así? Lo mío tenía fácil solución, pues podía esperar a otro día. Al fin y al cabo, el cubito de plástico para hacer castillos de arena era más que suficiente para ir tirando. Al pescador finalmente le conseguimos convencer, no sin mucho esfuerzo, de que, a pesar de haber comido carne, sus dotes como marinero no quedaban cuestionadas, ni mucho menos mermadas. Para esta labor fue muy importante la actuación de una de las enfermeras, cuyo padre había sido ballenero, y nunca había dicho que no a un buen chuletón de buey. El buen hombre pareció tranquilizarse al oír aquello.

Aún faltaban dos casos por solucionar pues, como he dicho antes, lo mío bien podía esperar. Ni las enfermeras ni yo teníamos la más remota idea de qué hacer con el hombre de Valencia. Aquello pintaba feo, muy feo. En un alarde de imaginación pregunté si, por casualidad, alguno de los presentes tenía pólvora. Como me respondieran que no, que nadie tenía a mano pólvora, decidí que con una bolsa de plástico y unas cerillas, tal vez, pudiera hacer funcionar el plan que había preparado. El asunto consistía en encender la cerilla cerca del pobre valenciano, que aún seguía subido sobre la silla, al tiempo que se hacía explotar la bolsa de plástico, que previamente se habría inflado con aire, junto a su oído. Las enfermeras parecieron entender a la primera, y pusieron el plan en funcionamiento.

El éxito fue rotundo. En cuanto sonó el “pum” de la bolsa, y la habitación se llenó con el olorcillo inconfundible de la cerilla quemada, el valenciano salió de su éxtasis al grito de “petardos , petardos, fallas, fallas”, y abandonó el edificio sin mirar atrás, y olvidando por completo sus anteriores males. Ya por la ventana vimos que continuó su carrera directo hacia su tierra, como si una voz que nosotros no podíamos escuchar le llamara a voces.

Ya sólo faltaba el hombre de la cometa, que a esas alturas sobrevolaba los asientos, y salía por la ventana. El niño no paraba de agitar la cuerda y moverse, con lo que el artefacto iba cogiendo cada vez más altura. Me hubiera gustado contaros, de verdad, que de algún modo conseguimos bajar al hombre, y que el niño dejó de dar vueltas al edificio con la cometa. Pero la vida, a veces, trae estas cosas, desgracias, para enseñarnos que no siempre se gana. Lo que ocurrió fue que una ráfaga de viento arrancó de cuajo la cuerda que mantenía a nuestro paciente atado a la tierra a través del muchacho, y la cometa se elevó sobre nuestras cabezas, como si de un globo se tratara. Por supuesto que me extrañó que así sucediera, puesto que las cometas suelen caer por su propio peso, pero aquella debió coger una corriente ascendente de aire, y allí, volando sin motor, cual aventurero sin par, se fue nuestro enfermo, ensartado de punta a punta por la cometa. Para que sirva de consuelo, cuando se encontraba a un par de centenares de metros del suelo, le oímos gritar algo así como “estoy bien, mejor que nunca. No os preocupéis” … Supongo que ahora vivirá como cualquier ave marina, comiendo peces y sintiendo en sus propias carnes la libertad que ya Ícaro apuntara en su momento.

Y esa fue, a grandes rasgos, la historia de aquella calurosa tarde de verano en una pequeña pedanía costera, en la que un enorme tiburón blanco me arrancó un buen mordisco de pierna, y poquito del brazo. Menos mal que tenía un cubo.

Written by juanjo escribano

agosto 10th, 2010 at 6:43 am

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Eso de escribir…

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Cuenta estos días, más concretamente en las dos últimas entregas de su espacio “patente de corso”, en el dominical del ABC, don Arturo Pérez-Reverte, trucos y consejos para todos aquellos que quieren, queremos, lanzarnos al mundo de las letras, o como mi buen amigo Sergio dice, los que queremos vivir del cuento. Son dos entregas de alto interés tanto para el que añora ganarse la vida dándole a santa tecla, ya os anticipo que de esto vive muy poquita gente, como para cualquier lector ajeno a las ensoñaciones del que duerme cada noche en compañía de sus personajes, esos a los que da vida con cada línea que inventa.

Sea como fuere, el maestro, un tipo que se sienta sobre la T no es moco de pavo ni merece menor distinción, acierta de pleno al exponer las cosas claras, para lo bueno y para lo malo. En esto de la literatura no siempre gana el mejor, ni el que más lo ha intentado. A veces ocurre, por qué no, que un esforzado escritor, tras varios años de entrega ciega y dedicación enfermiza, llega a ese punto, éxtasis literario, en el que sus textos se reconocen, su nombre suena en los círculos del mundillo, y hasta es reconocido por algún no menos enfermizo lector que es capaz de identificarlo a pesar de la pose, con gesto forzado, que figura en la solapa de sus obras. Pero lo más normal, cuestión de cifras, es que la mayoría no pase de vender cuarenta o cincuenta ejemplares, llegar a cien es motivo de brindis, y poco más. Y eso con suerte, pues con los tiempos que corren, y con la que está cayendo, que una editorial apueste por un autor desconocido es ya en sí mismo, gran premio para el autor.

Yo fui de los que tuvo esa suerte. La editorial Antígona apostó por mí, y se decidió a editar mi primera obra, a la que puse de nombre Días. Desde que se editó la obra he continuado escribiendo, unas cosas mejores, y otras peores. Algunas, con un poco de suerte, verán la luz a través de la editorial, y otras se quedarán en algún oscuro rincón del disco de mi ordenador, en forma de ceros y unos, tal vez esperando momentos mejores, o simplemente guardando polvo virtual hasta el fin de los días. Poco puedo aconsejar yo, que en esto soy primerizo, pero sí puedo secundar los artículos de Pérez-Reverte, cuando dice que lo mejor que puedes hacer, querido amigo, si pretendes seguir dándole a la tecla para ser leído, es leer y escribir. Leer y escribir. Leer. Escribir.

Lee. Porque es la base, lo más importante. Pero lee como profesional de esto. ¿Qué dijeron los clásicos? ¿Cómo lo dijeron? Lee autores españoles, como Baroja, Galdós o Cela, porque manejaban el idioma como nadie. Y lee autores extranjeros, para saber que no son necesarios cientos de páginas para contar una buena historia. Dejarse llevar por El extranjero, de Camús, no más de cien páginas, o por El viejo y el mar de Hemingway. Y lee también a los actuales. A esos no los olvides.

Y después, escribe. Escribe lo que te apetezca, sin pensar en el número de páginas. Encuentra tu sitio, tu forma, y ten paciencia. Supongo que tu caso es distinto del mío, y por eso te cuento mi forma de verlo. Yo creo que no acabaré jamás de aprender a escribir. No esperes contar nada nuevo, yo también soy de los que piensa que está todo escrito, así que no desesperes porque la temática no sea novedosa. Al fin y al cabo hay más de dos mil años de literatura escrita, así que no esperes ser tú el genio. Ojalá lo seas, pero no desesperes. Así lo veo yo. Borges era un genio. Yo no. Pero estoy trabajando en ello.

No me enrollo más, que ya tendremos tiempo de seguir hablando de este tema, si es que te interesa. Te remito a los textos de Reverte, que te comenté al principio (y que reseño un poco más abajo). Cuando acabes con ellos, ve a leer, y después a escribir. Espero leerte pronto.

Enlaces relacionados:
Carta a un joven escritor (I) , de Arturo Pérez-Reverte
Carta a un joven escritor (II) , de Arturo Pérez-Reverte

Written by juanjo escribano

agosto 4th, 2010 at 9:18 am

El viejo pergamino

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Ni siquiera después de la muerte su rostro perdió la expresión de locura que le había acompañado durante los últimos años. Yo mismo soy testigo de que, hasta el último momento, sus ojos no perdieron ese terrible y extraño matiz que posee la mirada de un enfermo mental. Diríase que, incluso después de tan agónico trance, su aspecto continuó siendo aterrador, hasta el punto de que ninguno del médicos que le trataban fue capaz de bajar sus párpados, y tuve que ser yo mismo el que lo hiciera.

Todos estuvieron de acuerdo en anotar como causa de la muerte un fallo sistemático general evidentemente provocado por su estado de locura, y el mal funcionamiento de sus actividades neuronales básicas. Yo, a pesar de la evidencia, nunca he dejado de creer que mi amigo no murió tras aquella larga enfermedad, sino que llevaba muerto varios años, o al menos en todo lo que a su cerebro se refiere.

Aún resuenan en mis oídos las risas de mi amigo, y recuerdo con cariño la inmensa cantidad de horas que pasamos juntos en aquellas lóbregas y oscuras bibliotecas, al alcance sólo de unos pocos, donde comenzamos nuestras investigaciones. Ambos queríamos completar el más grande de los estudios escritos hasta la fecha sobre las arcanas artes diabólicas, ritos e invocaciones a Satán, y con este fin conseguimos los fondos necesarios por parte de la universidad, que además nos ayudó a obtener los permisos necesarios para acceder a cada una de las colecciones de libros y manuscritos que, sobre esta materia, hay repartidos alrededor del mundo. El tema era apasionante, y éramos felices con nuestra investigación. Jamás hubiera imaginado que la aparición de aquel viejo pergamino iba a cambiar el rumbo de nuestra tesis.

El texto estaba escrito en un soporte curioso y por completo nuevo para mi. Era una extraña mezcla de piel, celulosa y restos de rocas limadas, unidos entre sí mediante alguna magistral fórmula que éramos incapaces de adivinar. Como tinta para la escritura, se había empleado una solución de sangre y savia, que daba al escrito un aspecto apocalíptico. El pergamino había permanecido oculto en un agujero en la pared de una cámara funeraria, en las catacumbas de un viejo templo cristiano del siglo doce. No diré aquí la población para evitar saqueos innecesarios. Dos años de investigación nos llevaron a aquel lugar que, para ser sincero, hubiera preferido no encontrar nunca.

Empleamos varios meses tratando de traducir aquellas lineas que estaban escritas en un idioma desconocido tanto para mi amigo como para mí, resultado de una curiosa mezcla de latín, griego antiguo y viejos dialectos nórdicos. Después de muchos esfuerzos, conseguimos traducir la mayoría del texto que, tal y como sospechábamos desde un principio, se trataba de un ritual de invocación satánica. La mayoría del rito no contaba nada nuevo respecto a otros textos, tanto anteriores como posteriores, que habíamos tratado hasta ese momento. Por desgracia no fuimos capaces de traducir dos de los párrafos que parecían formar una parte esencial del rito.

Después de las traducciones hicimos un merecido descanso. Llevábamos trabajando dos años casi parar, así que decidimos tomarnos un mes de vacaciones. Yo, por mi parte, pasaría aquellos treinta días en una pequeña localidad costera del norte, mientas que mi amigo se encerraría en su estudio, a fin de resolver los dos últimos párrafos de aquel viejo texto. No me parecía buena idea, y traté de disuadirle, explicándole que, probablemente, tras el descanso, completaríamos nuestro gran trabajo con mayor posibilidad de éxito. Mi amigo prefirió ignorar mis consejos y trabajar en el texto durante todo el mes.

Fue el último día de mi descanso, justo cuando yo estaba preparando mi regreso a la universidad, cuando recibí la llamada de mi amigo. Su voz sonaba alterada, y las palabras salían a trompicones a través del auricular. Traté de calmarle, y le dije que al día siguiente nos veríamos en nuestro laboratorio de la facultad, y allí hablaríamos lo que fuese necesario. Él, ignorando por completo mis palabras, seguía haciendo comentarios acerca del texto. Conseguí entender que había logrado traducirlo por completo y, antes de finalizar la llamada, comentó algo de realizar la invocación completa. Intenté sin éxito pedirle prudencia, pero evidentemente ya no me escuchaba.

Al día siguiente le esperé durante varias horas en el despacho de la universidad, pero él no se presentó. Tampoco respondió a mis llamadas telefónicas y, como viera que nadie sabía de su paradero, decidí ir directamente a su casa. Aún hoy se me revuelve el estómago cuando recuerdo la escena, el pentágono dibujado en el suelo, las paredes manchadas de sangre, y mi querido amigo encogido sobre sí mismo en un rincón del salón. Balbuceaba incomprensibles palabras en lo que a mí me parecía el mismo idioma en el que estaba escrito el viejo pergamino. Su mirada era ya la de un loco y su rostro había cambiado por completo. Mi amigo se había ido, y en su lugar sólo quedaba aquel cuerpo sin mente.

Después de ingresar a mi amigo en un hospital psiquiátrico, y cuando me hube recuperado de aquella mala experiencia, decidí volver a la casa, a recuperar el viejo pergamino, más para evitar posibles problemas que para continuar con la investigación, que a aquellas alturas yo ya daba por terminada. Imaginad mi sorpresa cuando, al abrir la caja de seguridad donde él guardaba toda la información del proyecto, y buscar entre todos los papeles, observé que no sólo había desaparecido el texto, sino que se habían eliminado de los documentos todas las referencias al mismo. Pensé que podía tratarse de un simple robo, pero la caja estaba cerrada, y la combinación sólo la conocíamos los dos. Sólo espero que aquellos textos no caigan en manos inadecuadas, si es que no lo son todas, y rezo a Dios para que guarde el alma de mi amigo con especial cuidado, sobre todo si mis sospechas fueran fundadas, y lo último que él viera antes de enloquecer fuera el rostro del mismísimo Diablo.

Written by juanjo escribano

julio 26th, 2010 at 4:26 pm

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