El Claro
A pesar del intenso frío con que la noche había recibido las que serían sus últimas horas, el condenado sólo sentía calor, un fuego ardiendo en lo más profundo de su cuerpo, una ola de llamas y angustia que recorría sus pulmones, su garganta y su boca, con cada respiración. ¿Quién hubiera sido capaz de sentir frío en un momento así?
Caminaba despacio, tropezando con las viejas raíces de los árboles, hacia El Claro. Lo conocía bien. Allí todos lo conocían bien. Aquella herida en medio del bosque, de poco más de diez metros de largo, y otros diez de ancho, que tanto reos como carceleros conocían como El Claro, se había convertido en la suerte de moderno cadalso, lugar de justicia final, donde el hombre mataba al hombre. Hacia ese lugar, ese inevitable final, caminaba a duras penas el prisionero, a trompicones, con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, y vigilado sólo por un centinela, que era además verdugo.
- No tienes por qué… – habló el prisionero. Su voz sonaba débil, entrecortada.
- Camina. – El centinela acompañó su respuesta con un empujón que derribó al condenado. Éste, a duras penas, consiguió levantarse.
- Tú no me conoces. Pero yo no lo hice. De verdad que no lo hice.
- Calla. – Esta vez el empujón no derribó al prisionero, pero sintió el cañón del fusil clavarse en su espalda.
Los dos permanecieron en silencio un rato más. Entonces, a pesar de la venda que le impedía ver, el condenado supo que habían llegado a El Claro. El suelo era distinto, ya no había raíces con las que tropezar, y sentía el suelo mullido por el césped al pisarlo.
- Para aquí. – Habló el centinela.
- No lo hagas, por favor. No tienes por qué.
El verdugo destapó los ojos al prisionero que, por primera vez, pudo ver la cara de su ejecutor. Hubiera esperado ver una cara conocida, alguien a quien hubiese molestado durante los años de juventud. Pero no era así. Era la primera vez que veía aquel rostro.
- No te conozco, y tú a mi tampoco. Mira, no tengo nada en contra tuyo, y tú no tienes nada contra mí. Déjame ir. Deja que me vaya. Allí nadie se dará cuenta. Me voy de la ciudad, del país si es necesario. Pero no lo hagas, por Dios, no lo hagas.
- Aquí Dios no tiene nada que ver.
- No lo hagas … – la súplica, acompañada de sollozos, rompía el silencio de la fría noche.
- Mira – dijo el verdugo con voz seca. – No es nada personal. Si no lo hago, y me pillan, me van a joder de lo lindo, ¿sabes?
- Te prometo que me iré. Nadie sabrá nada de mí.
- De lo lindo… Me joderían de lo lindo – respondió el verdugo, al tiempo que se alejaba tres pasos del recluso, y apuntaba con su arma al pecho del desgraciado.
- No, te prometo que nadie sabrá de mí… Por favor…
- Y yo qué sé. Éstos saben cómo joder. Tú lo sabes bien. Me joderían de lo lindo si se enterasen.
- Pero no se enterarán. Te lo prometo.
- No.
Los dos disparos sonaron secos, duros, más fríos que la gélida noche. El mullido césped de El Claro amortiguó la caída del cuerpo sin vida del prisionero. El verdugo recogió los dos casquillos, en un ritual que había aprendido de memoria. Después, se colgó el fusil al hombro, agarró de los brazos el cadáver, y lo arrastró hasta el río a menos de veinte metros de El Claro. La corriente era fuerte por esas fechas, y no necesitó empujarlo demasiado antes de que la fuerza del río arrastrara el cuerpo muerto.
Lo observó alejarse, mientras se hundía en el agua. Entonces, el verdugo dio media vuelta y tomó el camino de regreso con los suyos. Mientras volvía imaginó que el próximo era él. Se imaginó a sí mismo caminando hasta El Claro con los ojos tapados, esperando un final inevitable. Siempre imaginaba lo mismo cuando volvía de El Claro. Las primeras veces la congoja lo invadía, y trataba de quitarse el pensamiento de la cabeza. Sin embargo, desde hacía un tiempo, aquel pensamiento ya no le producía angustia sino paz. Aquella debía ser, sin duda, la única forma de liberarse. Sólo esperaba que fuera pronto. Con un poco de suerte, la próxima vez.

Me ha gustado mucho.
Es un gran regalo el que nos haces con relatos como este.
Un abrazo.
eigual
31 ago 10 at 7:36
[...] This post was mentioned on Twitter by Juanjo Escribano, Juanjo Escribano. Juanjo Escribano said: Un relatillo que escribí ayer: El Claro http://bit.ly/b2sQxW [...]
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31 ago 10 at 16:48
- No te conozco, y tú a mi tampoco. Mira, no tengo nada en contra tuyo, y tú no tienes nada contra mí. Déjame ir. Deja que me vaya. Allí nadie se dará cuenta. Me voy de la ciudad, del país si es necesario. Pero no lo hagas, por Dios, no lo hagas.- Aquí Dios no tiene nada que ver.- No lo hagas … – la súplica, acompañada de sollozos, rompía el silencio de la fría noche.- Mira – dijo el verdugo con voz seca. – No es nada personal. Si no lo hago, y me pillan, me van a joder de lo lindo, ¿sabes?- Te prometo que me iré. Nadie sabrá nada de mí.- De lo lindo… Me joderían de lo lindo – respondió el verdugo, al tiempo que se alejaba tres pasos del recluso, y apuntaba con su arma al pecho del desgraciado.- No, te prometo que nadie sabrá de mí… Por favor…- Y yo qué sé. Éstos saben cómo joder. Tú lo sabes bien. Me joderían de lo lindo si se enterasen.- Pero no se enterarán. Te lo prometo.- No.
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16 sep 10 at 13:38