Eso de escribir…
Cuenta estos días, más concretamente en las dos últimas entregas de su espacio “patente de corso”, en el dominical del ABC, don Arturo Pérez-Reverte, trucos y consejos para todos aquellos que quieren, queremos, lanzarnos al mundo de las letras, o como mi buen amigo Sergio dice, los que queremos vivir del cuento. Son dos entregas de alto interés tanto para el que añora ganarse la vida dándole a santa tecla, ya os anticipo que de esto vive muy poquita gente, como para cualquier lector ajeno a las ensoñaciones del que duerme cada noche en compañía de sus personajes, esos a los que da vida con cada línea que inventa.
Sea como fuere, el maestro, un tipo que se sienta sobre la T no es moco de pavo ni merece menor distinción, acierta de pleno al exponer las cosas claras, para lo bueno y para lo malo. En esto de la literatura no siempre gana el mejor, ni el que más lo ha intentado. A veces ocurre, por qué no, que un esforzado escritor, tras varios años de entrega ciega y dedicación enfermiza, llega a ese punto, éxtasis literario, en el que sus textos se reconocen, su nombre suena en los círculos del mundillo, y hasta es reconocido por algún no menos enfermizo lector que es capaz de identificarlo a pesar de la pose, con gesto forzado, que figura en la solapa de sus obras. Pero lo más normal, cuestión de cifras, es que la mayoría no pase de vender cuarenta o cincuenta ejemplares, llegar a cien es motivo de brindis, y poco más. Y eso con suerte, pues con los tiempos que corren, y con la que está cayendo, que una editorial apueste por un autor desconocido es ya en sí mismo, gran premio para el autor.
Yo fui de los que tuvo esa suerte. La editorial Antígona apostó por mí, y se decidió a editar mi primera obra, a la que puse de nombre Días. Desde que se editó la obra he continuado escribiendo, unas cosas mejores, y otras peores. Algunas, con un poco de suerte, verán la luz a través de la editorial, y otras se quedarán en algún oscuro rincón del disco de mi ordenador, en forma de ceros y unos, tal vez esperando momentos mejores, o simplemente guardando polvo virtual hasta el fin de los días. Poco puedo aconsejar yo, que en esto soy primerizo, pero sí puedo secundar los artículos de Pérez-Reverte, cuando dice que lo mejor que puedes hacer, querido amigo, si pretendes seguir dándole a la tecla para ser leído, es leer y escribir. Leer y escribir. Leer. Escribir.
Lee. Porque es la base, lo más importante. Pero lee como profesional de esto. ¿Qué dijeron los clásicos? ¿Cómo lo dijeron? Lee autores españoles, como Baroja, Galdós o Cela, porque manejaban el idioma como nadie. Y lee autores extranjeros, para saber que no son necesarios cientos de páginas para contar una buena historia. Dejarse llevar por El extranjero, de Camús, no más de cien páginas, o por El viejo y el mar de Hemingway. Y lee también a los actuales. A esos no los olvides.
Y después, escribe. Escribe lo que te apetezca, sin pensar en el número de páginas. Encuentra tu sitio, tu forma, y ten paciencia. Supongo que tu caso es distinto del mío, y por eso te cuento mi forma de verlo. Yo creo que no acabaré jamás de aprender a escribir. No esperes contar nada nuevo, yo también soy de los que piensa que está todo escrito, así que no desesperes porque la temática no sea novedosa. Al fin y al cabo hay más de dos mil años de literatura escrita, así que no esperes ser tú el genio. Ojalá lo seas, pero no desesperes. Así lo veo yo. Borges era un genio. Yo no. Pero estoy trabajando en ello.
No me enrollo más, que ya tendremos tiempo de seguir hablando de este tema, si es que te interesa. Te remito a los textos de Reverte, que te comenté al principio (y que reseño un poco más abajo). Cuando acabes con ellos, ve a leer, y después a escribir. Espero leerte pronto.
Enlaces relacionados:
Carta a un joven escritor (I) , de Arturo Pérez-Reverte
Carta a un joven escritor (II) , de Arturo Pérez-Reverte
