El perro
No necesitaba escuchar el sonido del despertador para comenzar su jornada. Como regido por un reloj interno, invisible, pero de una exactitud pasmosa, cada mañana se despertaba a las seis y veinticinco. Se podría contar con los dedos de las manos la cantidad de días que aquel reloj interno le había fallado.
Todo a esas horas, desde que abría los ojos, hasta que comía por primera vez después del paseo, formaba parte de un ritual aprendido. Se acercaba hasta la cama de su amo, al que golpeaba ligeramente con la pata derecha. Entonces caminaba lento hasta la puerta de la calle, y esperaba paciente a que aquel hombre abriera y, con un breve gesto de la cabeza, le invitara a salir. Durante los primeros años, el hombre y el perro salían juntos a pasear. Incluso recordaba que hacía mucho tiempo le ataba con una correa sujeta al collar del cuello, para evitar que se escapara. ¿Escapar dónde? El hombre le había tratado muy bien, jamás le había faltado un cuenco de comida, ni de agua, ni un par de caricias. ¿Dónde iba a escapar? ¿Para qué?
Al cabo de los años, recordaba el perro, el hombre había entendido que no hacía falta la correa, y poco después se dio cuenta de que ni siquiera era necesario que le acompañara. Él mismo sabía volver a casa sin necesidad de ayuda.
Así que aquella mañana, como cualquier otra, el perro esperaba paciente junto a la puerta, y el hombre la abrió casi con desgana, más pensando en volver a la cama que en el perro y la puerta. Seguramente, si hubiera sabido que aquella iba a ser la última vez que abriría la puerta para su perro, hubiera puesto algo más de interés. Pero, ¿cómo iba a saberlo el hombre?
El viejo animal salió lento, como queriendo alargar aquellos momentos junto a su amo y la casa donde había vivido catorce años. Despacio, meditando cada paso, se alejó de la granja, y subió a la loma cercana, hasta llegar al lugar esperado. Subido sobre una roca, se tumbó nostálgico, el hocico apuntando hacia abajo, hacia su casa. Las lágrimas casi le impedían tener una última visión del que había sido su hogar durante tantos años. Al cabo de un rato observó a su amo, aquel hombre al que había sido fiel toda su vida, salir de la casa con un cubo repleto de pienso y dirigirse hacia los corrales. Desde allí arriba vio cómo su amo, extrañado, buscaba con la mirada, tal vez esperando encontrarle allí, como solía ser normal. Poco después, el hombre desapareció tras la esquina de la casa.
El dolor se hizo agudo, muy agudo, tanto que casi quería que todo acabara ya. Sabía que el final estaba cerca. El perro miró un momento hacia arriba, hacia el cielo iluminado con los primeros rayos de sol, buscando una mano familiar que le acariciara el lomo, como tantas otras veces. El dolor se había vuelto insoportable. Entonces, por última vez, el perro bajó la mirada hasta la casa, y pudo ver el perfil de su viejo hogar, y de su amo, con las manos a modo de visera, mirarle desde la distancia. La imagen se volvía cada vez más borrosa, hasta que, por fin, desapareció por completo. Era una extraña sensación, pensó el perro. El dolor había desaparecido.
