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Sacrificio

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Jamás olvidaré los acontecimientos que sucedieron durante el verano de mil novecientos cuarenta y dos en aquel pueblecito del Pirineo, en el que solía pasar la época estival junto a mis hermanos mayores y a mis abuelos. Entonces contaba yo catorce años, así que no era más que un simple adolescente, con la cabeza llena de absurdas ideas de libertad y justicia, ideas que se mezclaban con las propias de un púber. Casi se podría decir que pasaba las horas soñando, ora con ser un valiente guerrero que librara Europa del yugo nazi, ora con Magdalena, la vecina de mi edad por la que era capaz de hacer cualquier cosa. Hubiera surcado los mares en solitario, o volado hasta la luna, si ella lo hubiera pedido.

Jamás salió de mi boca una palabra que delatara mi amor por ella, lo que no impidió que Magdalena supiera por mis actos de mi estado de loco enamorado. Así somos nosotros, los hombres, casi incapaces de hablar de nuestros sentimientos, pero libros abiertos para todo aquel que se atreva a indagar en nuestras cabezas.

Pero aún no os he hablado de mi amada. Era una muchacha preciosa, de pelo rojizo y hermosos ojos azul turquesa. Su rostro bien podía ser el más atractivo que una mujer pudiera desear, y su sonrisa, franca y clara como el agua, hacía saltar el corazón en mi pecho. Sólo había dos cosas que me alejaban de su amor. Una era la edad. Magdalena contaba cuatro años más que yo, y para un joven esa edad representaba un salto insalvable. El otro inconveniente era más difícil de esquivar que el primero. Pertenecía a una secta secreta adoradora del diablo. La secta pagaba dinero a la familia de Magdalena para que ésta tuviera una buena vida, y llegara perfecta hasta el día de su muerte, planificado para aquel mismo verano. Ella era la ofrenda a Satanás de aquel grupo de acólitos. Llegado el día, la arrebatarían la vida sin ningún pudor, sin escrúpulo, sin contemplaciones. Lo más curioso de todo es que Magdalena lo sabía, y lo aceptaba como su único destino.

Estas revelaciones me las hizo sólo a mí, durante las cálidas noches de julio. El uno de agosto seré entregada, me decía, pero no se lo puedes contar a nadie. Yo asentía y escuchaba atónito sus confesiones. Ahora me doy cuenta de que confiaba en mí porque sabía de mi amor por ella. Me contaba aquello para desahogarse, para alejar los posibles terrores que seguro la acechaban. Cada noche me contaba lo mismo, y cada noche estaba más cerca el día de su sacrificio.

Yo cumplí mi palabra y, aunque sabía que debía avisar a alguien, aquel estado de enamoramiento y mi promesa de silencio me mantenían callado. La noche anterior al ritual pedí asistir, entre confuso y atemorizado. No estaba seguro de querer ir, o mejor dicho, no quería verlo, pero una extraña fuerza dentro de mí me movía hacia el rito diabólico. Por supuesto no me lo permitió.

La noche temida llegó al fin y, a pesar de no poder asistir oficialmente a la macabra celebración, me las había ingeniado para seguir a Magdalena durante todo el día, hasta dar con el lugar del vil asesinato. La oscuridad reinante, y el abrigo de los bosques pirenaicos me permitieron observar el rito desde lejos. Aún hoy, cuando pienso en aquellas imágenes, mi mano tiembla como aquella noche. Recuerdo la hermosa figura de mi amor sobre el altar, y su bello rostro adquiriendo una mortal palidez a medida que el cuchillo avanzaba profundo, centímetro a centímetro, alrededor de su cuello. Y recuerdo que su última mirada se dirigió directa hacia mí, justo antes de cerrar los ojos. Ignoro si ella sabía que yo estaba escondido entre los árboles, y desconozco si sabrá que años después yo recibí una buena cantidad de dinero por cuidar a mi hijo, que tiene ahora cinco años, hasta su sacrificio en el altar.

Written by juanjo escribano

julio 4th, 2010 at 7:31 pm

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