El Claro
A pesar del intenso frío con que la noche había recibido las que serían sus últimas horas, el condenado sólo sentía calor, un fuego ardiendo en lo más profundo de su cuerpo, una ola de llamas y angustia que recorría sus pulmones, su garganta y su boca, con cada respiración. ¿Quién hubiera sido capaz de sentir frío en un momento así?
Caminaba despacio, tropezando con las viejas raíces de los árboles, hacia El Claro. Lo conocía bien. Allí todos lo conocían bien. Aquella herida en medio del bosque, de poco más de diez metros de largo, y otros diez de ancho, que tanto reos como carceleros conocían como El Claro, se había convertido en la suerte de moderno cadalso, lugar de justicia final, donde el hombre mataba al hombre. Hacia ese lugar, ese inevitable final, caminaba a duras penas el prisionero, a trompicones, con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda, y vigilado sólo por un centinela, que era además verdugo.
- No tienes por qué… – habló el prisionero. Su voz sonaba débil, entrecortada.
- Camina. – El centinela acompañó su respuesta con un empujón que derribó al condenado. Éste, a duras penas, consiguió levantarse.
- Tú no me conoces. Pero yo no lo hice. De verdad que no lo hice.
- Calla. – Esta vez el empujón no derribó al prisionero, pero sintió el cañón del fusil clavarse en su espalda.
Los dos permanecieron en silencio un rato más. Entonces, a pesar de la venda que le impedía ver, el condenado supo que habían llegado a El Claro. El suelo era distinto, ya no había raíces con las que tropezar, y sentía el suelo mullido por el césped al pisarlo.
- Para aquí. – Habló el centinela.
- No lo hagas, por favor. No tienes por qué.
El verdugo destapó los ojos al prisionero que, por primera vez, pudo ver la cara de su ejecutor. Hubiera esperado ver una cara conocida, alguien a quien hubiese molestado durante los años de juventud. Pero no era así. Era la primera vez que veía aquel rostro.
- No te conozco, y tú a mi tampoco. Mira, no tengo nada en contra tuyo, y tú no tienes nada contra mí. Déjame ir. Deja que me vaya. Allí nadie se dará cuenta. Me voy de la ciudad, del país si es necesario. Pero no lo hagas, por Dios, no lo hagas.
- Aquí Dios no tiene nada que ver.
- No lo hagas … – la súplica, acompañada de sollozos, rompía el silencio de la fría noche.
- Mira – dijo el verdugo con voz seca. – No es nada personal. Si no lo hago, y me pillan, me van a joder de lo lindo, ¿sabes?
- Te prometo que me iré. Nadie sabrá nada de mí.
- De lo lindo… Me joderían de lo lindo – respondió el verdugo, al tiempo que se alejaba tres pasos del recluso, y apuntaba con su arma al pecho del desgraciado.
- No, te prometo que nadie sabrá de mí… Por favor…
- Y yo qué sé. Éstos saben cómo joder. Tú lo sabes bien. Me joderían de lo lindo si se enterasen.
- Pero no se enterarán. Te lo prometo.
- No.
Los dos disparos sonaron secos, duros, más fríos que la gélida noche. El mullido césped de El Claro amortiguó la caída del cuerpo sin vida del prisionero. El verdugo recogió los dos casquillos, en un ritual que había aprendido de memoria. Después, se colgó el fusil al hombro, agarró de los brazos el cadáver, y lo arrastró hasta el río a menos de veinte metros de El Claro. La corriente era fuerte por esas fechas, y no necesitó empujarlo demasiado antes de que la fuerza del río arrastrara el cuerpo muerto.
Lo observó alejarse, mientras se hundía en el agua. Entonces, el verdugo dio media vuelta y tomó el camino de regreso con los suyos. Mientras volvía imaginó que el próximo era él. Se imaginó a sí mismo caminando hasta El Claro con los ojos tapados, esperando un final inevitable. Siempre imaginaba lo mismo cuando volvía de El Claro. Las primeras veces la congoja lo invadía, y trataba de quitarse el pensamiento de la cabeza. Sin embargo, desde hacía un tiempo, aquel pensamiento ya no le producía angustia sino paz. Aquella debía ser, sin duda, la única forma de liberarse. Sólo esperaba que fuera pronto. Con un poco de suerte, la próxima vez.
Fotografía : Vista nocturna del Alcázar de Segovia
Como buen aficionado, eso sí, de poca monta, a la fotografía, de vez en cuando hago mis pinitos y hasta salen fotografías que se dejan ver.
Aquí os regalo un par de fotos.
!Un abrazo a todos mis lectores!
La tarde que pasé en el centro de salud después de que me mordiera un tiburón blanco
Por mantener, en cierto modo, la intimidad de los personajes que conforman este relato, no emplearé sus nombres reales, ni ubicaré la acción en lugar determinado. A fin de evitar todo tipo de suspicacias, diré que los acontecimientos que procedo a relatar sucedieron en un pequeña localidad costera, pedanía de otra más grande, de cuyo nombre no quiero acordarme. Diremos también que, al tratarse de una historia coral, en la que todos los personales tienen igual importancia, no señalaré al protagonista de la misma, por no existir, ni daré más información de la necesaria. Pero no me andaré por las ramas, que no es cuestión de pulular por ahí haciendo el mono, y comenzaré con los hechos reales.
Tratábase de una calurosa tarde de verano, una de esas en las que a las cinco de la tarde el sol nos mira desde el cielo azul, encabronado por hacerle trabajar en vacaciones, y lanzando rayos calientes, jodidamente calientes, a los hombros ya achicharrados de los que sin camiseta se atreven a vagar a esas horas en una zona costera, que viene a ser una gran cantidad de autóctonos, y la totalidad de los foráneos. Especial interés me produce el hecho de que son las pálidas gentes de fuera las que, al parecer, poseen un gran poder de atracción sobre los nombrados rayitos, hasta el punto de que más parecen cangrejos venidos a más que humanos venidos a menos.
Aquella tarde, volviendo al tema que nos ocupa, había acudido yo al centro de salud de la pedanía en cuestión, a fin de obtener alguna cura para las heridas que el ataque de un tiburón blanco me había producido en el brazo izquierdo y en la pierna del mismo lado, que había quedado maltrecha a más no poder. Por suerte para mí, y por desgracia para el animalito, que a lo que se ve debía llevar tiempo sin comer, conseguí mantener el miembro entero en lo que a su longitud se refiere, a pesar de que había adelgazado varios kilos, de los que el escualo dio buena cuenta.
Allí me encontraba yo, con media pierna arrancada de cuajo, y el brazo rajado de punta a punta, esperando a que el buen doctor cantara mi nombre, y me tocara entrar en la consulta, al ser posible antes de que terminara de desangrarme. Menos mal que soy hombre previsor y de camino al centro de salud me hice con un cubo de plástico, que un buen muchacho me prestó para tal ocasión, un cubo de esos de playa para hacer castillitos de arena, en el que iba recogiendo como podía el reguero de sangre, a fin de no perderla del todo. Cada vez que el cubo se llenaba yo me lo bebía, y así, con tal astucia, aguanté sin mayor sobresalto que el que el pez de afilados dientes me había dado mientras tomaba mi merecido baño veraniego.
En condiciones normales, me comentó una de las enfermeras, mi caso sería señalado de urgente, y el doctor me atendería el primero, pero la casualidad había hecho que, a la vez que el tiburón me atacaba a mí, un hombre había sido atravesado de punta a punta por una cometa mal dirigida por un muchacho sin carnet, un pescador de la zona, en un momento de confusión había comido carne, y un valenciano había pedido paella en un chiringuito de playa. Imaginad el panorama. El viejo pescador, que había comido un filete de ternera, se retorcía de dolor en el suelo, agarrándose la tripa, mientras emitía gemidos agónicos. El valenciano había enloquecido por completo y, de cuclillas sobre una de las sillas de la sala de espera, repetía una y otra vez “lo he visto, lo he visto. Era una paella. Lo he visto…”. Por su parte, el hombre atravesado de punta a punta por la cometa luchaba frenético por no salir despedido por el aire, mientras el dueño de la cometa, un joven de unos diez años, corría tirando del hilo tratando de hacer volar el artefacto.
En esas estábamos, cada uno intentando hacer notar la gravedad de sus heridas a fin de ser atendido en primer lugar, cuando desde el otro lado de la puerta que daba acceso a la consulta médica comenzaron a escucharse una serie de lamentos y gemidos aterradores, que no desmerecían en nada de los que los enfermos de fuera, nosotros, lanzábamos a coro. Tal era la escandalera allí montada que, casi sin quererlo, y con la fenomenal batuta de una de las enfermeras, empezamos a tatarear la novena de Beethoven, como quien no quiere la cosa, a base de aullidos de dolor, y otros un poco fingidos, para qué engañarnos.
En el segundo movimiento de la obra la puerta se abrió de par en par, y el médico, pálido como la cal, salió de allí entre mareado y anonadado, patidifuso diría yo, con una mano en la boca, y otra en la cabeza. Nos miró a todos, nos dedicó una forzada sonrisa manchada de nicotina y alquitrán e hizo mutis por el foro a tal velocidad que, a mis ojos, su bata casi parecía un borrón blanco en mi retina.
Desamparados, nos miramos intentando comprender la situación. ¿Qué hacer en un caso así? Lo mío tenía fácil solución, pues podía esperar a otro día. Al fin y al cabo, el cubito de plástico para hacer castillos de arena era más que suficiente para ir tirando. Al pescador finalmente le conseguimos convencer, no sin mucho esfuerzo, de que, a pesar de haber comido carne, sus dotes como marinero no quedaban cuestionadas, ni mucho menos mermadas. Para esta labor fue muy importante la actuación de una de las enfermeras, cuyo padre había sido ballenero, y nunca había dicho que no a un buen chuletón de buey. El buen hombre pareció tranquilizarse al oír aquello.
Aún faltaban dos casos por solucionar pues, como he dicho antes, lo mío bien podía esperar. Ni las enfermeras ni yo teníamos la más remota idea de qué hacer con el hombre de Valencia. Aquello pintaba feo, muy feo. En un alarde de imaginación pregunté si, por casualidad, alguno de los presentes tenía pólvora. Como me respondieran que no, que nadie tenía a mano pólvora, decidí que con una bolsa de plástico y unas cerillas, tal vez, pudiera hacer funcionar el plan que había preparado. El asunto consistía en encender la cerilla cerca del pobre valenciano, que aún seguía subido sobre la silla, al tiempo que se hacía explotar la bolsa de plástico, que previamente se habría inflado con aire, junto a su oído. Las enfermeras parecieron entender a la primera, y pusieron el plan en funcionamiento.
El éxito fue rotundo. En cuanto sonó el “pum” de la bolsa, y la habitación se llenó con el olorcillo inconfundible de la cerilla quemada, el valenciano salió de su éxtasis al grito de “petardos , petardos, fallas, fallas”, y abandonó el edificio sin mirar atrás, y olvidando por completo sus anteriores males. Ya por la ventana vimos que continuó su carrera directo hacia su tierra, como si una voz que nosotros no podíamos escuchar le llamara a voces.
Ya sólo faltaba el hombre de la cometa, que a esas alturas sobrevolaba los asientos, y salía por la ventana. El niño no paraba de agitar la cuerda y moverse, con lo que el artefacto iba cogiendo cada vez más altura. Me hubiera gustado contaros, de verdad, que de algún modo conseguimos bajar al hombre, y que el niño dejó de dar vueltas al edificio con la cometa. Pero la vida, a veces, trae estas cosas, desgracias, para enseñarnos que no siempre se gana. Lo que ocurrió fue que una ráfaga de viento arrancó de cuajo la cuerda que mantenía a nuestro paciente atado a la tierra a través del muchacho, y la cometa se elevó sobre nuestras cabezas, como si de un globo se tratara. Por supuesto que me extrañó que así sucediera, puesto que las cometas suelen caer por su propio peso, pero aquella debió coger una corriente ascendente de aire, y allí, volando sin motor, cual aventurero sin par, se fue nuestro enfermo, ensartado de punta a punta por la cometa. Para que sirva de consuelo, cuando se encontraba a un par de centenares de metros del suelo, le oímos gritar algo así como “estoy bien, mejor que nunca. No os preocupéis” … Supongo que ahora vivirá como cualquier ave marina, comiendo peces y sintiendo en sus propias carnes la libertad que ya Ícaro apuntara en su momento.
Y esa fue, a grandes rasgos, la historia de aquella calurosa tarde de verano en una pequeña pedanía costera, en la que un enorme tiburón blanco me arrancó un buen mordisco de pierna, y poquito del brazo. Menos mal que tenía un cubo.
Eso de escribir…
Cuenta estos días, más concretamente en las dos últimas entregas de su espacio “patente de corso”, en el dominical del ABC, don Arturo Pérez-Reverte, trucos y consejos para todos aquellos que quieren, queremos, lanzarnos al mundo de las letras, o como mi buen amigo Sergio dice, los que queremos vivir del cuento. Son dos entregas de alto interés tanto para el que añora ganarse la vida dándole a santa tecla, ya os anticipo que de esto vive muy poquita gente, como para cualquier lector ajeno a las ensoñaciones del que duerme cada noche en compañía de sus personajes, esos a los que da vida con cada línea que inventa.
Sea como fuere, el maestro, un tipo que se sienta sobre la T no es moco de pavo ni merece menor distinción, acierta de pleno al exponer las cosas claras, para lo bueno y para lo malo. En esto de la literatura no siempre gana el mejor, ni el que más lo ha intentado. A veces ocurre, por qué no, que un esforzado escritor, tras varios años de entrega ciega y dedicación enfermiza, llega a ese punto, éxtasis literario, en el que sus textos se reconocen, su nombre suena en los círculos del mundillo, y hasta es reconocido por algún no menos enfermizo lector que es capaz de identificarlo a pesar de la pose, con gesto forzado, que figura en la solapa de sus obras. Pero lo más normal, cuestión de cifras, es que la mayoría no pase de vender cuarenta o cincuenta ejemplares, llegar a cien es motivo de brindis, y poco más. Y eso con suerte, pues con los tiempos que corren, y con la que está cayendo, que una editorial apueste por un autor desconocido es ya en sí mismo, gran premio para el autor.
Yo fui de los que tuvo esa suerte. La editorial Antígona apostó por mí, y se decidió a editar mi primera obra, a la que puse de nombre Días. Desde que se editó la obra he continuado escribiendo, unas cosas mejores, y otras peores. Algunas, con un poco de suerte, verán la luz a través de la editorial, y otras se quedarán en algún oscuro rincón del disco de mi ordenador, en forma de ceros y unos, tal vez esperando momentos mejores, o simplemente guardando polvo virtual hasta el fin de los días. Poco puedo aconsejar yo, que en esto soy primerizo, pero sí puedo secundar los artículos de Pérez-Reverte, cuando dice que lo mejor que puedes hacer, querido amigo, si pretendes seguir dándole a la tecla para ser leído, es leer y escribir. Leer y escribir. Leer. Escribir.
Lee. Porque es la base, lo más importante. Pero lee como profesional de esto. ¿Qué dijeron los clásicos? ¿Cómo lo dijeron? Lee autores españoles, como Baroja, Galdós o Cela, porque manejaban el idioma como nadie. Y lee autores extranjeros, para saber que no son necesarios cientos de páginas para contar una buena historia. Dejarse llevar por El extranjero, de Camús, no más de cien páginas, o por El viejo y el mar de Hemingway. Y lee también a los actuales. A esos no los olvides.
Y después, escribe. Escribe lo que te apetezca, sin pensar en el número de páginas. Encuentra tu sitio, tu forma, y ten paciencia. Supongo que tu caso es distinto del mío, y por eso te cuento mi forma de verlo. Yo creo que no acabaré jamás de aprender a escribir. No esperes contar nada nuevo, yo también soy de los que piensa que está todo escrito, así que no desesperes porque la temática no sea novedosa. Al fin y al cabo hay más de dos mil años de literatura escrita, así que no esperes ser tú el genio. Ojalá lo seas, pero no desesperes. Así lo veo yo. Borges era un genio. Yo no. Pero estoy trabajando en ello.
No me enrollo más, que ya tendremos tiempo de seguir hablando de este tema, si es que te interesa. Te remito a los textos de Reverte, que te comenté al principio (y que reseño un poco más abajo). Cuando acabes con ellos, ve a leer, y después a escribir. Espero leerte pronto.
Enlaces relacionados:
Carta a un joven escritor (I) , de Arturo Pérez-Reverte
Carta a un joven escritor (II) , de Arturo Pérez-Reverte
El viejo pergamino
Ni siquiera después de la muerte su rostro perdió la expresión de locura que le había acompañado durante los últimos años. Yo mismo soy testigo de que, hasta el último momento, sus ojos no perdieron ese terrible y extraño matiz que posee la mirada de un enfermo mental. Diríase que, incluso después de tan agónico trance, su aspecto continuó siendo aterrador, hasta el punto de que ninguno del médicos que le trataban fue capaz de bajar sus párpados, y tuve que ser yo mismo el que lo hiciera.
Todos estuvieron de acuerdo en anotar como causa de la muerte un fallo sistemático general evidentemente provocado por su estado de locura, y el mal funcionamiento de sus actividades neuronales básicas. Yo, a pesar de la evidencia, nunca he dejado de creer que mi amigo no murió tras aquella larga enfermedad, sino que llevaba muerto varios años, o al menos en todo lo que a su cerebro se refiere.
Aún resuenan en mis oídos las risas de mi amigo, y recuerdo con cariño la inmensa cantidad de horas que pasamos juntos en aquellas lóbregas y oscuras bibliotecas, al alcance sólo de unos pocos, donde comenzamos nuestras investigaciones. Ambos queríamos completar el más grande de los estudios escritos hasta la fecha sobre las arcanas artes diabólicas, ritos e invocaciones a Satán, y con este fin conseguimos los fondos necesarios por parte de la universidad, que además nos ayudó a obtener los permisos necesarios para acceder a cada una de las colecciones de libros y manuscritos que, sobre esta materia, hay repartidos alrededor del mundo. El tema era apasionante, y éramos felices con nuestra investigación. Jamás hubiera imaginado que la aparición de aquel viejo pergamino iba a cambiar el rumbo de nuestra tesis.
El texto estaba escrito en un soporte curioso y por completo nuevo para mi. Era una extraña mezcla de piel, celulosa y restos de rocas limadas, unidos entre sí mediante alguna magistral fórmula que éramos incapaces de adivinar. Como tinta para la escritura, se había empleado una solución de sangre y savia, que daba al escrito un aspecto apocalíptico. El pergamino había permanecido oculto en un agujero en la pared de una cámara funeraria, en las catacumbas de un viejo templo cristiano del siglo doce. No diré aquí la población para evitar saqueos innecesarios. Dos años de investigación nos llevaron a aquel lugar que, para ser sincero, hubiera preferido no encontrar nunca.
Empleamos varios meses tratando de traducir aquellas lineas que estaban escritas en un idioma desconocido tanto para mi amigo como para mí, resultado de una curiosa mezcla de latín, griego antiguo y viejos dialectos nórdicos. Después de muchos esfuerzos, conseguimos traducir la mayoría del texto que, tal y como sospechábamos desde un principio, se trataba de un ritual de invocación satánica. La mayoría del rito no contaba nada nuevo respecto a otros textos, tanto anteriores como posteriores, que habíamos tratado hasta ese momento. Por desgracia no fuimos capaces de traducir dos de los párrafos que parecían formar una parte esencial del rito.
Después de las traducciones hicimos un merecido descanso. Llevábamos trabajando dos años casi parar, así que decidimos tomarnos un mes de vacaciones. Yo, por mi parte, pasaría aquellos treinta días en una pequeña localidad costera del norte, mientas que mi amigo se encerraría en su estudio, a fin de resolver los dos últimos párrafos de aquel viejo texto. No me parecía buena idea, y traté de disuadirle, explicándole que, probablemente, tras el descanso, completaríamos nuestro gran trabajo con mayor posibilidad de éxito. Mi amigo prefirió ignorar mis consejos y trabajar en el texto durante todo el mes.
Fue el último día de mi descanso, justo cuando yo estaba preparando mi regreso a la universidad, cuando recibí la llamada de mi amigo. Su voz sonaba alterada, y las palabras salían a trompicones a través del auricular. Traté de calmarle, y le dije que al día siguiente nos veríamos en nuestro laboratorio de la facultad, y allí hablaríamos lo que fuese necesario. Él, ignorando por completo mis palabras, seguía haciendo comentarios acerca del texto. Conseguí entender que había logrado traducirlo por completo y, antes de finalizar la llamada, comentó algo de realizar la invocación completa. Intenté sin éxito pedirle prudencia, pero evidentemente ya no me escuchaba.
Al día siguiente le esperé durante varias horas en el despacho de la universidad, pero él no se presentó. Tampoco respondió a mis llamadas telefónicas y, como viera que nadie sabía de su paradero, decidí ir directamente a su casa. Aún hoy se me revuelve el estómago cuando recuerdo la escena, el pentágono dibujado en el suelo, las paredes manchadas de sangre, y mi querido amigo encogido sobre sí mismo en un rincón del salón. Balbuceaba incomprensibles palabras en lo que a mí me parecía el mismo idioma en el que estaba escrito el viejo pergamino. Su mirada era ya la de un loco y su rostro había cambiado por completo. Mi amigo se había ido, y en su lugar sólo quedaba aquel cuerpo sin mente.
Después de ingresar a mi amigo en un hospital psiquiátrico, y cuando me hube recuperado de aquella mala experiencia, decidí volver a la casa, a recuperar el viejo pergamino, más para evitar posibles problemas que para continuar con la investigación, que a aquellas alturas yo ya daba por terminada. Imaginad mi sorpresa cuando, al abrir la caja de seguridad donde él guardaba toda la información del proyecto, y buscar entre todos los papeles, observé que no sólo había desaparecido el texto, sino que se habían eliminado de los documentos todas las referencias al mismo. Pensé que podía tratarse de un simple robo, pero la caja estaba cerrada, y la combinación sólo la conocíamos los dos. Sólo espero que aquellos textos no caigan en manos inadecuadas, si es que no lo son todas, y rezo a Dios para que guarde el alma de mi amigo con especial cuidado, sobre todo si mis sospechas fueran fundadas, y lo último que él viera antes de enloquecer fuera el rostro del mismísimo Diablo.
El perro
No necesitaba escuchar el sonido del despertador para comenzar su jornada. Como regido por un reloj interno, invisible, pero de una exactitud pasmosa, cada mañana se despertaba a las seis y veinticinco. Se podría contar con los dedos de las manos la cantidad de días que aquel reloj interno le había fallado.
Todo a esas horas, desde que abría los ojos, hasta que comía por primera vez después del paseo, formaba parte de un ritual aprendido. Se acercaba hasta la cama de su amo, al que golpeaba ligeramente con la pata derecha. Entonces caminaba lento hasta la puerta de la calle, y esperaba paciente a que aquel hombre abriera y, con un breve gesto de la cabeza, le invitara a salir. Durante los primeros años, el hombre y el perro salían juntos a pasear. Incluso recordaba que hacía mucho tiempo le ataba con una correa sujeta al collar del cuello, para evitar que se escapara. ¿Escapar dónde? El hombre le había tratado muy bien, jamás le había faltado un cuenco de comida, ni de agua, ni un par de caricias. ¿Dónde iba a escapar? ¿Para qué?
Al cabo de los años, recordaba el perro, el hombre había entendido que no hacía falta la correa, y poco después se dio cuenta de que ni siquiera era necesario que le acompañara. Él mismo sabía volver a casa sin necesidad de ayuda.
Así que aquella mañana, como cualquier otra, el perro esperaba paciente junto a la puerta, y el hombre la abrió casi con desgana, más pensando en volver a la cama que en el perro y la puerta. Seguramente, si hubiera sabido que aquella iba a ser la última vez que abriría la puerta para su perro, hubiera puesto algo más de interés. Pero, ¿cómo iba a saberlo el hombre?
El viejo animal salió lento, como queriendo alargar aquellos momentos junto a su amo y la casa donde había vivido catorce años. Despacio, meditando cada paso, se alejó de la granja, y subió a la loma cercana, hasta llegar al lugar esperado. Subido sobre una roca, se tumbó nostálgico, el hocico apuntando hacia abajo, hacia su casa. Las lágrimas casi le impedían tener una última visión del que había sido su hogar durante tantos años. Al cabo de un rato observó a su amo, aquel hombre al que había sido fiel toda su vida, salir de la casa con un cubo repleto de pienso y dirigirse hacia los corrales. Desde allí arriba vio cómo su amo, extrañado, buscaba con la mirada, tal vez esperando encontrarle allí, como solía ser normal. Poco después, el hombre desapareció tras la esquina de la casa.
El dolor se hizo agudo, muy agudo, tanto que casi quería que todo acabara ya. Sabía que el final estaba cerca. El perro miró un momento hacia arriba, hacia el cielo iluminado con los primeros rayos de sol, buscando una mano familiar que le acariciara el lomo, como tantas otras veces. El dolor se había vuelto insoportable. Entonces, por última vez, el perro bajó la mirada hasta la casa, y pudo ver el perfil de su viejo hogar, y de su amo, con las manos a modo de visera, mirarle desde la distancia. La imagen se volvía cada vez más borrosa, hasta que, por fin, desapareció por completo. Era una extraña sensación, pensó el perro. El dolor había desaparecido.
Sacrificio
Jamás olvidaré los acontecimientos que sucedieron durante el verano de mil novecientos cuarenta y dos en aquel pueblecito del Pirineo, en el que solía pasar la época estival junto a mis hermanos mayores y a mis abuelos. Entonces contaba yo catorce años, así que no era más que un simple adolescente, con la cabeza llena de absurdas ideas de libertad y justicia, ideas que se mezclaban con las propias de un púber. Casi se podría decir que pasaba las horas soñando, ora con ser un valiente guerrero que librara Europa del yugo nazi, ora con Magdalena, la vecina de mi edad por la que era capaz de hacer cualquier cosa. Hubiera surcado los mares en solitario, o volado hasta la luna, si ella lo hubiera pedido.
Jamás salió de mi boca una palabra que delatara mi amor por ella, lo que no impidió que Magdalena supiera por mis actos de mi estado de loco enamorado. Así somos nosotros, los hombres, casi incapaces de hablar de nuestros sentimientos, pero libros abiertos para todo aquel que se atreva a indagar en nuestras cabezas.
Pero aún no os he hablado de mi amada. Era una muchacha preciosa, de pelo rojizo y hermosos ojos azul turquesa. Su rostro bien podía ser el más atractivo que una mujer pudiera desear, y su sonrisa, franca y clara como el agua, hacía saltar el corazón en mi pecho. Sólo había dos cosas que me alejaban de su amor. Una era la edad. Magdalena contaba cuatro años más que yo, y para un joven esa edad representaba un salto insalvable. El otro inconveniente era más difícil de esquivar que el primero. Pertenecía a una secta secreta adoradora del diablo. La secta pagaba dinero a la familia de Magdalena para que ésta tuviera una buena vida, y llegara perfecta hasta el día de su muerte, planificado para aquel mismo verano. Ella era la ofrenda a Satanás de aquel grupo de acólitos. Llegado el día, la arrebatarían la vida sin ningún pudor, sin escrúpulo, sin contemplaciones. Lo más curioso de todo es que Magdalena lo sabía, y lo aceptaba como su único destino.
Estas revelaciones me las hizo sólo a mí, durante las cálidas noches de julio. El uno de agosto seré entregada, me decía, pero no se lo puedes contar a nadie. Yo asentía y escuchaba atónito sus confesiones. Ahora me doy cuenta de que confiaba en mí porque sabía de mi amor por ella. Me contaba aquello para desahogarse, para alejar los posibles terrores que seguro la acechaban. Cada noche me contaba lo mismo, y cada noche estaba más cerca el día de su sacrificio.
Yo cumplí mi palabra y, aunque sabía que debía avisar a alguien, aquel estado de enamoramiento y mi promesa de silencio me mantenían callado. La noche anterior al ritual pedí asistir, entre confuso y atemorizado. No estaba seguro de querer ir, o mejor dicho, no quería verlo, pero una extraña fuerza dentro de mí me movía hacia el rito diabólico. Por supuesto no me lo permitió.
La noche temida llegó al fin y, a pesar de no poder asistir oficialmente a la macabra celebración, me las había ingeniado para seguir a Magdalena durante todo el día, hasta dar con el lugar del vil asesinato. La oscuridad reinante, y el abrigo de los bosques pirenaicos me permitieron observar el rito desde lejos. Aún hoy, cuando pienso en aquellas imágenes, mi mano tiembla como aquella noche. Recuerdo la hermosa figura de mi amor sobre el altar, y su bello rostro adquiriendo una mortal palidez a medida que el cuchillo avanzaba profundo, centímetro a centímetro, alrededor de su cuello. Y recuerdo que su última mirada se dirigió directa hacia mí, justo antes de cerrar los ojos. Ignoro si ella sabía que yo estaba escondido entre los árboles, y desconozco si sabrá que años después yo recibí una buena cantidad de dinero por cuidar a mi hijo, que tiene ahora cinco años, hasta su sacrificio en el altar.
Vampiro (Intro)
Si hubiera sabido que era vampiro no me habría citado con ella aquella noche. Pero claro, ¿cómo iba a yo a imaginarme algo así? Aunque me lo hubiese dicho no habría creído ni una sola palabra. Al fin y al cabo la historia de los no muertos no dejaba de ser una leyenda, una de esas historias que pasan del papel al cine, pero carentes de sentido en la realidad. Qué equivocado estaba.
La cita fue genial. Yo siempre me había sentido atraído por ella, desde el primer día que la vi en el ascensor. Recuerdo que fue una mañana en la que yo subía al infierno en la tierra, así llamamos en la oficina a la quinta planta, donde están los despachos de los jefazos. Ella entró en el ascensor justo detrás de mí. Estaba preciosa con aquel vestido verde. Por supuesto la conversación no pasó de un simple saludo y la posterior despedida, pero su presencia me cautivó, tanto que desde entonces no pude quitármela de la cabeza. Desde ese encuentro no pasó un solo día en el que no pensara en ella, al menos una vez.
El asunto es que, como decía antes de andarme por las ramas, la cita fue maravillosa. El camino de vuelta, justo después de acompañarla hasta la puerta de su casa, lo hice flotando en una de esas nubes que sólo el enamoramiento puede generar. No digo que estuviera enamorado tras la primera cita, pero desde luego estaba en proceso de enamorarme.
Por supuesto hubo más citas. Comenzamos a pasar mucho tiempo juntos. La mayoría de los días ella se quedaba a dormir en mi casa. Nunca fuimos a su casa. Es evidente que la casa de un vampiro guarda ciertas sorpresas que no se deben enseñar a cualquiera.
No me dijo que era vampiro hasta que no llevábamos más o menos un año juntos. Fue una de esas noches lluviosas en las que te acurrucas junto a tu pareja en la cama, y pasas varias horas hablando, haciendo el amor, y escuchando el incesante repiqueteo del agua contra la ventana. Me lo dijo de repente, como si el asunto fuera baladí. Al principio, como es natural, no la creí, y bromeé con ella sobre el tema. Yo seré tu siervo, si es lo que quieres, respondí. Ella me miró en silencio, me abrazó y comenzó a besarme. Mis labios se estremecían con cada beso. Me dejé llevar, y su boca se deslizó sensual hasta mi cuello, mientras con su mano acariciaba mi torso, y descendía más aún. En un momento sentí un pinchazo en el cuello, pero el frenesí provocado por el deseo sexual era demasiado grande como para detenerme en minucias. Ya habría tiempo para detalles después. No sé si aquel fue el mejor polvo de mi vida, pero seguro que fue el primero como vampiro.
Página en blanco. Click. Zas.
Odio ese menú superior. No debería estar ahí. Si no me concentro es por su culpa. Y todos esos iconos: un archivador abierto, una impresora, una lupa… También me desconcentran. Es por eso que esta página en blanco me parece más blanca que otras veces. Si esos menús no estuvieran ahí escribiría buena mierda. Pero ahí están. Me agobian.
Click. Minimizo mi programa de escritura.
Zas. Aparece el navegador.
Esto es otra cosa. He visitado todas las páginas que conozco, he leído todos los blogs de siempre, y los tweets. He visitado cada muro de mis amigos en facebook. Pero seguro que aún me queda algo por leer. Alguna web que visitar.
Reviso mis favoritos. No hay nada. Nadie ha movido en las partidas de ajedrez. Mierda. Hay que afrontarlo de una vez.
Click. Minimizo el navegador.
Zas. Aparece el programa de escritura.
Maldita sean los menús superiores. ¿Qué se creen estos menús? Es fácil ser un menú, siempre sabiendo lo que hacer, contando siempre lo mismo. Pero la página sigue en blanco. ¿Y qué coño cuento yo ahora?
Sensación curiosa. Tengo muchas ideas que intentan salir, pero ninguna de ellas alcanza la salida. Imagino que son como una pelota gigante intentando emerger por un agujero pequeño, minúsculo. Es casi un nanoagujero. ¿Cómo pretende alguien que lo haga bien? Necesito más amplitud, más espacio para escribir todas esas ideas. Es por eso que no escribo, pienso. Seguro, me convenzo.
Click. Minimizo mi programa de escritura. De nuevo.
Zas. Aparece el navegador.
No me calma ver todas esas letras. Pienso que alguien las ha escrito, y vuelve la angustia. Otra vez pienso mierda, jodida página en blanco. Respiro. Me tranquilizo. No pasa nada. Nunca pasa nada. Mañana será otro día. Mañana, a lo mejor, acuchillo la blancura de la página con el filo de mis palabras. Si hay suerte. Espero que haya suerte.
La esquela
No intentaré ocultar aquí un vicio que poseo desde hace muchos años, uno de esos vicios que sólo mis amigos más cercanos conocen. Me avergüenza reconocerlo, pero es necesario contarlo para entender el resto de mi historia: adoro leer las esquelas del periódico cada día.
Recuerdo que la primera vez que lo hice debía contar diez años. Mi padre, al que recuerdo como un gran hombre, culto e inteligente, solía leer la prensa durante el desayuno. Después dejaba el ejemplar del día encima de la mesita de la sala de estar. Jamás me dijo nada, pero ahora yo intuyo que en el fondo deseaba que adquiriera sus mismos hábitos. Yo aún era joven, y no comprendía la importancia de las noticias que leía, y tal vez por eso me fijaba más en lo poco que sí lograba comprender. Aquellas fúnebres palabras, aquellos textos de muerte, aquellas cortas oraciones de despedida, eso sí lo comprendía. Sabía que detrás de los nombres había una vida, o mejor dicho una muerte.
Poco a poco, aquella curiosidad infantil se convirtió en pasión. Jamás dejé de leer las esquelas, he leído todas las esquelas de cada periódico que ha caído en mis manos desde que era un chiquillo. En cierto modo comprendo a mi mujer cuando dice que parece más una obsesión que una pasión. Es posible. Tal vez tenga que ver, y ésta es una conclusión a la que he llegado hace poco, con el pánico que tengo a morir. No quiero morir. No me importa en absoluto ver la muerte en otros rostros, o en los nombres que leo en el papel, pero cuando pienso en que algún día la rotativa imprimirá mi nombre, tiemblo como un colegial.
Sin duda fue este miedo el que me provocó la crisis nerviosa cuando, por equivocación, leí mi nombre en una esquela, aquella mañana de abril. Era evidente que se trataba de un error, dado lo absurdo que resulta que uno mismo lea su propia esquela, pero aún así no pude evitar que mi frágil corazón se acelerara en demasía.
Tardé un par de horas en recuperarme, tal era mi miedo a morir. Cuando me hube repuesto del susto, no dudé ni un segundo en buscar el teléfono de la redacción del periódico que había cometido el error, con la idea de solucionarlo cuanto antes. De nuevo mi corazón volvió a latir con fuerza cuando la voz al otro lado de la línea me aseguró que no había ningún error. Según aquella voz, por desgracia, el sujeto había fallecido hacía dos días en un trágico accidente de tráfico. Esa era, al menos, la información que manejaban.
Evidentemente debía tratarse de una broma pesada, pensé. Con seguridad mi mujer tenía algo que ver en aquel asunto. Recordé que mi mujer había salido aquella mañana, y salí a la calle en su busca. Aquella pesada broma tenía que acabar. Me dirigí a casa de su hermana, que vivía dos calles más abajo, y donde las dos solían pasar las mañanas. Crucé la calle enfadado, y fue entonces cuando me topé de frente con la comitiva fúnebre. El féretro era empujado por varios amigos míos y algunos vecinos, seguido de cerca por mi esposa, que lloraba desconsolada, su hermana, y mi familia más cercana. Por detrás caminaban varios conocidos más, todos ellos con caras tristes.
Aquella broma había pasado de castaño oscuro. Repleto de ira, me paré frente al féretro, obligando a detenerse a la comitiva. Uno de mis amigos, extrañado, se adelantó y me pidió, por favor, que me apartara para que el muerto pudiera llegar al cementerio, y obtener así su merecido descanso. Fuera de mí, aseguré que allí no había ningún muerto, y que aquello debía finalizar enseguida. Como viera que nadie decía nada, y que mi exasperación iba en aumento, hasta el punto de ser casi insoportable, me dirigí al ataúd, y de una patada retiré la tapa, intentando así acabar con aquella farsa. En el silencio de la escena casi se podía escuchar el latido de mi corazón, que se aceleraba cada segundo que observaba mi cuerpo inerte, sin vida, dentro del féretro, muerto.

